No circulares

Ignacio Escañuela Romana

Imagino que las vidas deberían quedar completas, como una unión entre el principio y final, o como una conclusión que se sigue a los hechos vividos. Algo usual en literatura y cine. García Márquez gustaba de dar conclusión a sus historias, llegar a algún sitio simplemente, obtener algún mensaje o sentido. Bueno, entender el problema de una culpabilidad mal diseñada, y de cómo los personajes terminan riéndose del resultado de la muerte de un otro, esto me costó una pequeña depresión al leer esta novela de ese autor. Una muerte anunciada salvo para el asesinado, en bano (banal). Simplemente porque pienso que el tiempo, y, sobre todo, lo que somos como personas, ese conjunto complejo, tiende a comportarse de este modo. Ya Hegel apuntaba a la razón histórica, que se reiría de la conductas éticas y sacaría provecho de todo, especialmente de lo aparentemente malo.

No obstante, mi impresión es justo la contraria, que las vidas humanas quedan inconclusas y que los sentidos los construimos nosotros. Literalmente, los inventamos. Bueno, en todo caso, pertenezco a esa tipología humana que no es capaz de anudar conclusiones y a la que los sentidos le parecen, lo percibo, como otra galaxia lejana.

Todas las historias de bien y mal, o héroes y villanos, o culpabilidad para renacer o, simplemente, para purgarla, bien: todo ello me resulta una filfa. No he encontrado jamás que el tiempo lo ponga todo en su sitio. Más bien al contrario, trastoca todo lo que tenía su lugar y deja instalado al sinsentido. Aunque, lo reconozco, admiro la integridad de un Marlowe en su búsqueda de la verdad.

Supongo que es una visión pesimista de la vida, como el psicólogo transmite al padre en la película Gente Corriente. Sí me parece estar seguro de que no lograré ya alcanzar conclusiones finales. Ni siquiera intermedias. Pienso que el azar interviene, sin quitarle importancia a nuestras decisiones. Pero, a menudo, no hay ámbito de posibilidades, el Día de la Marmota está bien porque la repetición es aceptable. Pero, ¿es posible soportar levantarte una y otra vez en un bombardeo de la Guerra Mundial?

A veces pienso en todos esos primeros amores que quedaron grabados y superaron las experiencias de los siguientes, como en la historia final de Dublineses, James Joyce. Es cierto que no tiendo a sentir esa conclusión del personaje de Los Muertos: «Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida». Pero sí que la vida consume, claro. Lo que sucede es que el conato de Spinoza, o de Tomás, nos impulsa hacia adelante, en la búsqueda de la eternidad.

Imagino esa flor en mitad del desierto, que pasa desapercibida para los demás, de la que nos habla Los Búfalos de Durham (por cierto, fantástica película). En El Principito se nos dice que la rosa de su planeta es especial porque la riega y cuida. Creo que tiene razón en esto. Pero incluso en la soledad más absoluta, en mitad de las dunas y en el silencio silbante del viento y del roce de las arenas, la fragancia es valiosa como un hecho. Creo que esto, es cierto, he llegado a comprenderlo. El sentido no lo dan los demás, ni siquiera yo, sino la existencia y la valentía en ella. Recordar, pues, a Jünger, porque el valor es un desorden del ser. Hay algo en la derrota humana que le da grandeza. O, al menos, esto quiero pensar.

Escribo

Ignacio Escañuela Romana

Me desperté. Vi hondas quebradas, hirientes. Me di la vuelta y dormí profundamente. Las primeras luces me despabilaron y sentí un estallido interior. Deshecho, confuso y loco, me incorporé y caí a través de la quebradura, deslizándome, como en lo real. Aquí y ahora, de ese entonces y allí, en el tremor, escribo esto.  

El día fue largo

Marta Escañuela Nieves

El día fue largo, nada salió como esperaba. Me encuentro paseando con los aullidos de la noche. Huelo el olor a humedad, los zapatos la sienten mientras camino. Cruzo cerca del bar desaliñado de la esquina. Estoy segura de que le quedan muchas batallas por pelear. Sin embargo, sus clientes parecen haberlas perdido todas mientras se ahogan en sus vasos de cerveza cutres. Mi soledad me alerta y así, me concentro de nuevo en mis pies y en la vereda. Toco mis bolsillos, esperando que mis dedos rocen algo metálico. Suspiro, mis llaves se encuentran en su sitio. Sigo a mis pies, ellos hacen su caminata semanal sin ningún atisbo de duda. Aquí estoy, de nuevo en el supermercado buscando llenar mi nevera después de una larga semana de traslados incesantes. La vida adulta es como aquellas caritas sonrientes que los adolescentes se tatuaban en la piel por medio de un mechero. Te sonríen en la piel mientras la quema y altera sin percatarte. 

Queremos correr rápido con pasos sabios que nos lleven a lugares prediseñados en nuestra mente. Aun así, nos encontramos con unos pies tardíos y unos días que navegan entre la realidad y el sueño. Días se vuelven faltos de intensidad y caricias.

No habrá paz …, la astucia

Ignacio Escañuela Romana

Santos Trinidad recorre un Madrid de calles en laberinto y solares abandonados. Puticlubs iluminados que nocturnos mantienen la música salsera, «estos sitios huelen así», en polígonos industriales sin cámaras, oscuros, como el hombre. En un estallido de esa opacidad, la persecución se llevará hasta el final, pero en un guiño: a ritmo de rock’n’roll, nos exclama a través de la pantalla. «Era como ir hacia la muerte», nos recita José Agustín Goytisolo.

Como una figura más de ningún lugar en una máquina tragaperras de espacios cerrados en baretos de recogida, donde el tiempo se va comiendo, hacia lo inevitable, todo es ineluctable en ese antihéroe, al son de «más bonos». Seguir, sí, hasta el fin ciegamente, matar al testigo mientras «ponme un cubata», exclama en medio de la sed inextinguible por anís del Mono. Los cacahuetes para ti. La maldad.

Ni un cuchillazo puede pararle, ni los compañeros bienpensantes, porque viaja a lomos de una lejana tragedia que le atrapa y no tiene solución.

Y, sin embargo, Santos Trinidad encarna la astucia hegeliana de la razón. Es malvado, pero cientos de personas inocentes vivirán, el carrusel infantil seguirá funcionando, las familias pasearán de la mano…

Mientras, muerto, sentado, el revolver colgado del dedo: en un último arrebato de orgullo, allí en su propio charco de sangre bajo las moscas omnipresentes, mira fijamente con los ojos bien abiertos a la eternidad. Odiándose a sí mismo, llevado por la hibris: «bajad por mí… si tenéis cojones».

No habrá paz para los malvados: un maravilloso western crepuscular, de quienes viven y mueren en un sentido:

Dirección: Enrique Urbizu. Guion: Enrique Urbizu y Michel Gaztambide. Interpretación: José Coronado (Santos Trinidad), Rodolfo Sancho (Rodolfo), Juanjo
Artero (Leiva), Helena Miquel (juez Chacón), Pedro María Sánchez (Ontiveros), Nadia
Casado (Celia).

Ola

Ignacio Escañuela Romana

He tomado los recuerdos sensatos y he hecho una pira con ellos, su lumbre me reconforta en los inviernos brumosos. Tomé todas las ofertas atractivas y me carcajeé de ellas. Todavía pisoteo las últimas y escucho su crujido. Ahora me miro al espejo, nocturno, mientras luces iluminan violentas el firmamento. Proyecto sobre ellas, superpuesta, a Calipso, su cuerpo desnudo ardiente, su sonrisa burlona y rebelde. Yo, mortal, ya no podré verla de nuevo. Atormentado, me pregunto cómo pude abandonarla. Rugiente el interior, me acerco a las playas cuando las olas ríen con la arena y tomo noches de deseos violentos. Me digo que sí, soy estúpido. Entonces borracho perdido, soy capaz de dormir y sueño con la ola que en la costa de Ogigia acaricia su cuerpo perfecto, eterno, radiante y cálido, para viajar largas millas y llegar hasta la orilla en donde estoy y murmurarme sobre ella. La veo, entonces, acaricio y deseo no ver amanecer.

Vacío

Ignacio Escañuela Romana

Entonces, me adentré. No tenía respuestas, ni siquiera dudas, sólo existía y sentía, como un hueco , viendo y degustando cada instante. Luces y sombras me resultaban indiferentes, tan delatado por todo lo contrario. Entré, pues, como cáscara vacía, sin deseos.

Pero descubrí el brillo de estrellas en la enorme noche oscura, en la amplitud. Un firmamento deslumbrante en la noche desprovista, perdida, consigo misma, única, solitaria como en el principio de todo. Sin miedo, abandonado y ausente, mas estante, comencé.

Antaño

Ignacio Escañuela Romana

Cielo abierto. Sol del abril primaveral, luciendo con nubes. Llega y le abraza, con golpes secos, padre. Calle nítida, ventanas engalanadas: mañana la fiesta. Se va parando, los vecinos, los amigos. Escucha: el tiempo, su delgadez, la capital lejana, la cosecha, los hijos por España, veremos el ganado … En casa, besos de madre. “No comes, ¡qué desastre!”, “ven siéntate que lo remediamos”. Después café en la plaza, amigos de la quinta, niños correteando, bestias de recogida. ¡El pueblo!

Ha despertado renqueando: 86 años, claro. Café negro. Sale: muros derruidos, casas desiertas. Le duele, soñó con su juventud.

No circulares

Ignacio Escañuela Romana.

Imagino que las vidas deberían quedar completas, como una unión entre el principio y final, o como una conclusión que se sigue a los hechos vividos. Algo usual en literatura y cine. García Márquez gustaba de dar conclusión a sus historias, llegar a algún sitio simplemente, obtener algún mensaje o sentido. Bueno, entender el problema de una culpabilidad mal diseñada, y de cómo los personajes terminan riéndose del resultado de la muerte de un otro, esto me costó una pequeña depresión al leer esta novela de ese autor. Una muerte anunciada salvo para el asesinado, en bano (sí, bano de banal). Simplemente porque pienso que el tiempo, y, sobre todo, lo que somos como personas, ese conjunto complejo, tiende a comportarse de este modo. Ya Hegel apuntaba a la razón histórica, que se reiría de la conductas éticas y sacaría provecho de todo, especialmente de lo aparentemente malo.

No obstante, mi impresión es justo la contraria, que las vidas humanas quedan inconclusas y que los sentidos los construimos nosotros. Literalmente, los inventamos. Bueno, en todo caso, pertenezco a esa tipología humana que no es capaz de anudar conclusiones y a la que los sentidos le parecen, lo percibo, como otra galaxia lejana.

Todas las historias de bien y mal, o héroes y villanos, o culpabilidad para renacer o, simplemente, para purgarla, bien: todo ello me resulta una filfa. No he encontrado jamás que el tiempo lo ponga todo en su sitio. Más bien al contrario, trastoca todo lo que tenía su lugar y deja instalado al sinsentido. Aunque, lo reconozco, admiro la integridad de un Marlowe en su búsqueda de la verdad.

Supongo que es una visión pesimista de la vida, como el psicólogo transmite al padre en la película Gente Corriente. Sí me parece estar seguro de que no lograré ya alcanzar conclusiones finales. Ni siquiera intermedias. Pienso que el azar interviene, sin quitarle importancia a nuestras decisiones. Pero, a menudo, no hay ámbito de posibilidades, el Día de la Marmota está bien porque la repetición es aceptable. Pero, ¿es posible soportar levantarte una y otra vez en un bombardeo de la Guerra Mundial?

A veces pienso en todos esos primeros amores que quedaron grabados y superaron las experiencias de los siguientes, como en la historia final de Dublineses, James Joyce. Es cierto que no tiendo a sentir esa conclusión del personaje de Los Muertos: «Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida». Pero sí que la vida consume, claro. Lo que sucede es que el conato de Spinoza, o de Tomás, nos impulsa hacia adelante, en la búsqueda de la eternidad. 

Imagino esa flor en mitad del desierto, que pasa desapercibida para los demás, de la que nos habla Los Búfalos de Durham (por cierto, fantástica película). En El Principito se nos dice que la rosa de su planeta es especial porque la riega y cuida. Creo que tiene razón en esto. Pero incluso en la soledad más absoluta, en mitad de las dunas y en el silencio silbante del viento y del roce de las arenas, la fragancia es valiosa como un hecho. Creo que esto, es cierto, he llegado a comprenderlo. El sentido no lo dan los demás, ni siquiera yo, sino la existencia y la valentía en ella. Recordar, pues, a Jünger, porque el valor es un desorden del ser. Hay algo en la derrota humana que le da grandeza. O, al menos, esto quiero pensar.