Viejo mundo

Ignacio Escañuela Romana.

29 de octubre de 2018.

Camarón nos dice en su cante Viejo Mundo: «El mundo, un grano de polvo en el espacio». Claro, las Rubbaiyat y lo efímero del mundo y de la existencia humana. Una poderosa reflexión que nos termina alcanzando: «Cuando muera, ¿no seré como Enkidu? El espanto ha entrado en mi vientre . Temeroso de la muerte , recorro sin tino el llano», dice Gilgamesh en el primer libro registrado, en la epopeya de Gilgamesh.

La literatura nació como una reflexión de la muerte como realidad humana. La filosofía como mirarse es el olvido irremediable, en el hecho de que toda la información generada se perderá en el tiempo.

Frente al temor de la muerte, la filosofía helenística dio algunos consejos, para procurar una vida feliz. «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada en relación a nosotros. Porque todo bien y todo mal está en la sensación; ahora bien, la muerte es privación de sensación» (Carta a Meneceo). La muerte no produce temor, dice Epicuro, porque cuando llega perdemos toda percepción.

«¿Qué es la muerte? (…) es obra de la naturaleza. Y si alguien teme la acción de la naturaleza, es un chiquillo. Pero no sólo es la muerte acción de la naturaleza, sino también acción útil a la naturaleza», dice Marco Aurelio en sus Meditaciones.

Sin embargo, ceñuda, la muerte, el olvido, el suceder, se nos imponen, más allá de nuestras preparaciones racionales. «Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza», reflexiona Luis Cernuda. En algo que Joseph Conrad describió como la línea de sombra, cuando sabes que no volverás más a hacer esto o aquello, a ser de tal o cual forma.

De la misma forma, la literatura recoge esa realidad sin más, como ese hecho ineluctable. «Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito», nos dice de la muerte del coronel Aureliano, García Márquez, en Cien años de soledad. 

Pero, quizá, como señala el poema de Goytisolo, ese paso más, sí nos deja a los vivos en la soledad: 

«Porque escucho el sonido falso de mi moneda
al chocar contra el mármol
de tu terrible ausencia».

«Escuché sus pasos alejándose por el pasillo», narra Chandler en el adiós definitivo. En la entrada al sueño eterno de Hammet, que nos espera ahí, conforme escuchamos nuestro propio caminar por tantos pasillos por los que no retornaremos.

Entonces, sí, Khayyam: «Alégrate, no tomes la vida muy en serio:
las dudas no alteran el curso del destino»

Publicado por

Ignacio Escañuela Romana

Un poco de todo, escritor, filósofo y economista. Porque, en el fondo, son la misma cosa.

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