Mapa

Ignacio Escañuela Romana

Tiene cosas que hacer: pensar, pensar sobre lo pensado. Seguir el difícil dédalo de callejuelas mentales que, inopinadamente, se abren y cierran. Otra, construir el mapa de ella. ¿Una tercera?: redactar el mapa de él construyendo el plano de las calles y callejas. Y todo así.

Mejor no dejarse llevar por tantos niveles, que no me llevaría a calcular ningún mapa final que es imposible. Ya lo dijo Gödel: no hay mapas completos, porque en ese mapa se cuestiona la situación de sí mismo.

Queda, por lo tanto, la única tarea significativa: vivir en las calles recorriéndolas, tomando travesías y aspirando el aire al que conducen. Encontrar lo inesperado que puede ser la repetición de lo que halló múltiples veces.

No, no es el viaje de Ulises, se afirma a sí mismo. Observando la existencia en el lugar de calles actuales que giran y retornan, mientras van. Generar recorridos que primero son posibles y después pasan a ser impuestos.

Intentar borrar lugares y pasos no era una opción, ya que sin mapa el fracaso era seguro e iría destruyendo justamente cada nuevo camino. No hay exilios interiores. Bueno, sí, mas sólo contemplativos. No es posible actuar en contra de la propia narración, porque estás incorporado en ella.

Entonces, se convence, no hacer el mapa. No, no es, en efecto, una opción: un mapa es otra calle y el siguiente plano es una nueva avenida. Por cierto, miedo a esos espacios tan amplios que conducen a la soledad profunda de las medianas entre coches y peatones apresurados, todos buscando un objetivo inquietante.

Sin embargo, el mapa imaginado. Quizá no el real, sino el vislumbrado como un sueño. Inevitablemente, las callejuelas cerradas y con vueltas y revueltas del centro de Sevilla, el lugar natal, de la infancia. Un partido de fútbol con los amigos en mitad de una calle, con porterías imaginarias y polémicas sobre goles por escuadras trazadas en la mente. La travesía hacia los calentitos inevitables, pasando por la izquierda la zapatería con local increíblemente minúsculo, donde el hombre se echa encima de zapatos y maquinarias, eternamente. Adoquines resbaladizos y ovalados, caminos alternativos casi infinitos para ir de un punto al otro. Patios que se vislumbran desde los zaguanes, anunciantes de una vida interior recóndita y secular. Las tres cruces plantadas en mitad de la plaza, las siete revueltas en calle y la librería de viejos a la que conduce finalmente, donde hallar de todo, textos sugestivos y nuevas propuestas, todo menos lo buscado inicialmente. Alargar los brazos y tocar a derecha e izquierda las paredes blanqueadas. En fin, los mosquitos de la humedad en vuelo eterno en la corriente de aire fresco de esas diminutas calles. El olor a orina de gatos y de zotal arrojado para luchar justamente contra ese primer olor. Aromas de pucheros a fuego lento de cocinas de carbón. Cables de la luz adheridos de formas inverosímiles a las fachadas y casas apuntaladas hasta la extenuación. Un mundo, lo sabe, perdido.

En mitad de la avenida de la gran ciudad, donde habitan furiosos coches, galopando veloces hacia salidas y entradas, rodeado por ruidos y olores de gasoil, bocinas y hombres que corren para no perder comba en este mundo moderno. Realidades vociferantes que desconocen su mapa soñado.

Por las noches dormir en camas que dan a amplios ventanales hacia ese patio interior. El lugar, sin duda, de los exilios. Allí, sí, podría haber pasado una vida, otra que incorporar a la larga retahíla de existencias humanas que trazaron estas casas y calles. Soñar desde aquella cama con los siete mares y los once desiertos que conducen hacia las salinas y las riberas de ríos, junto a valles ocultos. Ver las travesías oceánicas de hombres luchando con velámenes de palos mayores rotos por el esfuerzo. Viajar en trenes para recorrer la enorme y vasta Rusia, desde un cabo a otro, mientras escuchas lenguas extrañas y difíciles.

Mapas, pues. No el plano definitivo, que debe existir pero que no podrá hallar. Quisiera volver para encontrar las callejas de su imaginación, pero sabe que esto es imposible. Siente miedo por ese viaje hacia sí mismo en el que hallar el dolor de lo perdido. 

Publicado por

Ignacio Escañuela Romana

Un poco de todo, escritor, filósofo y economista. Porque, en el fondo, son la misma cosa.

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