Callejón

Ignacio Escañuela Romana.


De repente viví una de las experiencias por las que todos los hombres, de forma abrupta, inesperada y repetitiva, han ido cruzando, llorando las mismas lágrimas, echando los mismos recuerdos absurdos de un tiempo que no puede volver, porque es el pasado, y el pasado es eso: lo que no está presente. Dice Heidegger que la vida humana es un vivir ahí, arrojado, mas los hombres lo vivimos como el eterno recuerdo irrecuperable, la información sobre lo que ya no es, la decisión sobre lo que no podemos cambiar.

Sí, revivo esa canción eterna, me digo:
«No, no quiero volver
A pisar el viejo callejón
Hace tanto tiempo
Y ya no siento nada»

Nacho Vegas


Porque el tiempo nos aniquiló allí, mientras fumábamos ese lucky. Ahora, sí, que te va bien, y ese callejón ya no es lo que es, sino lo que fue y no podrá volver.
No, nada por volver, pero ese recuerdo tuyo me quema hasta la raíz y percibo, por fin, la realidad, de esta vida: «hace tiempo ya que tú lo olvidaste».
Lo que me duele no es ya ese paso al que me terminé por acostumbrar. No, lo que realmente me estraga y hace entrar a mi consciencia en galerna y sucumbir es que ese valor ya no existe. Paso por el callejón y ya no es ese lugar: ya no tengo que dar un rodeo para evitarlo. «Es otro el silencio», y otra la oscuridad·.
En estos tiempos en que el viejo lucky es propio ya, y no compartido. Cuando sé que prosigo y soy, quizá, casi el mismo, y tú, sin duda, me olvidaste. ¿Quedar allí a media mañana, entonces?. No, en la sima en que me acostumbré a vivir no cabe volver: nunca más podré pisar ya «el viejo callejón». La existencia es esa despedida y el posterior olvido. Sigo observando cómo el cigarrillo se consume.

Toro salvaje

Ignacio Escañuela Romana.

La película Toro Salvaje (Director Martin Scorsese, Guión 

Paul Schrader y Mardik Martin, principal actor Robert De Niro) merece la pena verse y disfrutarla. Mientras, sentir un estremecimiento interior por los límites del corazón humano. Sí, de repente la historia de Jake LaMotta, El Toro del Bronx, el hombre que dijo estas estremecedoras palabras: «Luchaba como si no me importara vivir. De hecho, no sé si entonces me importaba vivir. Quería morir».

Campeón del mundo de boxeo que tuvo su particular descenso a los infiernos y la resurrección moral posterior. Fajador del ring como pocos, sostenía ataques intensos aun a costa de recibir duros castigos. Se decía que calentaba los músculos con los golpes recibidos en los primeros asaltos, sólo para después desarrollar un ataque a todo o nada. En la película se reflejan sus problemas morales y la incapacidad para distinguir el boxeo de la vida. Su agresividad, los maltratos que infligió a sus esposas..

Es cierto, en 1949 cedió al chantaje y amañó un combate. Reconoció no haber peleado igual nunca más, a partir de aquella mentira. Todo le llevará a saltarse los últimos limites y acabar en la cárcel donde, golpeando las paredes con las manos desnudas reconoce, por fin, desgarradoramente: “¡Soy un imbécil!”.

Por fin, tomó decisiones que le sacaron del abismo y pudo reconstruir su vida, reconocer el mal que había realizado, sostenerse a sí mismo como persona. Como en el ring, no se rindió hasta lograr reconciliarse consigo mismo. La película de Scorsese le consagró como leyenda.

Hay algo verdadero y primario en los títulos de crédito de la película Toro Salvaje, los mejores en mi opinión en la historia del cine. Hay algo real en el Toro del Bronx, encerrado entre las cuerdas del ring, aislado, solo, en un solo plano y slow motion, con Cavalleria Rusticana de Mascagani. Los ganchos que marca, mientras se mueve, simbolizan algo real en la vida de todo hombre, la pelea interior que sostenemos con nuestros propios fantasmas. A menudo, las derrotas que vivimos, el castigo que sufrimos, la sensación de culpa, todo ello, es el combate continuado con esa fuerza. Pocas vidas, entonces, muestran con mayor claridad la famosa cita de Nietzsche: «cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

https://camposdelsur-literaturablog.blogspot.com/2021/06/toro-salvaje.html

Prefijado

Ignacio Escañuela Romana

La reunión se tersaba en el tiempo, tras más de tres horas de sopor y monólogos compartidos. Todo tan previsible… Ahora tocaba un descanso. Una sala muy amplia, en elipse, con casi un centenar de asientos en derredor en torno a un centro imaginario. Ellos estaban en el lateral izquierdo de la sala. Los micrófonos innecesarios. Las paredes enlistadas en negro, con fondo blanco. El aire acondicionado funcionando para tener la atmósfera en la temperatura exacta de la comodidad. Claro que, se preguntó, ¿para qué? Ahora tocaría el receso, que era, en verdad, una continuación acompañada de cafés y rumores, para después volver a sentarse y así poder concluir la mañana gloriosamente, pensó.

 Una vida de éxitos profesionales y comerciales, reconocimientos de numerosas personas y un bien ganado estándar de vida alta. Ningún problema con el dinero, ni siquiera pagando su casa con finca en las afueras de la ciudad. El servicio de limpieza, la vigilancia. Pero ahora mira hacia adelante como viendo las horas andar ante él, conforme los discursos continúan con una apariencia de diálogo constructivo. Los suyos también.

En realidad, todos saben cuáles serán las decisiones que se van a tomar. Están ya determinadas. El diálogo es el coste de tiempo y energía para dar a estas determinaciones una apariencia social respetable. Incluso una conciencia individual satisfecha.

Todo le ha conducido hasta allí, con sencillez, se dice. Simplemente dejarse llevar como si estuviera en un andador mecánico y los caminos diferentes no tuviesen esa ayuda. Desviarse hubiera sido salir bajo la lluvia torrencial, estando a un paso del refugio. Un paso a derecha o a izquierda y se hubiese arriesgado a fracasar. Allí, en esa andadura todo es relajado y vibrante, nada es inesperado, todo es natural y sencillo. Se llama, lo reconoce, éxito. Pero es el funcionamiento de un engranaje más: él. ¿Feliz? Ni más, ni menos, piensa. Alexitimia, en verdad, había leído reconociéndose. Es decir, no sabe. Sí es consciente que no daría un paso fuera del camino esperado, porque no es capaz. Demasiado esfuerzo y sufrimiento. Algo para lo que no está dotado. Piensa, sí, desde el más allá de esas vidas posibles, imaginadas, en millones de vidas distintas y alternativas. No sabe si mejores o peores, nunca las probará.

¿Cómo sería mirarse a sí mismo desde muy lejos?, ¿qué conclusiones resultarían de un análisis no apasionado y a la distancia? Como si el mismo fuese un simple objeto de estudio. Supongo, se dijo, que no parecería un individuo, un sujeto, sino un conjunto de normas activas y superpuestas. Quizá destacaría que no hay nadie detrás, que todo es explicable a partir de regularidades que atan cada uno de los actos. Incluso estos mismos pensamientos no serían más que una relajación esperable de quien es un actor de su propia vida, esclavo del papel prefijado.

Tal vez, se apuntó mentalmente, toda la idea de la libertad sea desde el principio un engaño. O bien esto mismo que pienso ahora es el engaño de un esclavo que se sabe rehén de reglas y quiere justificar su mediocridad, cuando habría podido salir a la intemperie, plantear otros problemas, arriesgarse y ser rebelde con o sin causa, qué más da. Tal vez nunca haya causa, pero sí un yo escondido y rebelde, desafiante a pesar de las cadenas.

Borrar estas normas significaría evaporar treinta años de la vida y todos los actos que he hecho desde entonces. Salir y colocarme en el huracán, se dice. Ser excluido de mucho de lo social. Aunque escribir un libro propio, a resguardo de lo que opinen los demás sobre mi vida. Una especie de desafío y, también, de reclamo, atacado por el peligro que significa el ejemplo, la salida del tejido de regularidades y expectativas.

Levantarme y salir, piensa. Sin dar razones. Aquí y ahora. Un primer paso de mi vida. Da fuerza a sus músculos, flexiona rodillas, se prepara, hace el gesto de tomar el apoyabrazos para hacer fuerza… Transcurre el tiempo indiferente, sentado vuelve el turno de palabras hacia él. Empieza a hablar …

Nada

Ignacio Escañuela Romana

Siempre había sido de ese modo, aunque habría buscado deliberadamente el riesgo. Repasaba su vida y todo le parecía lógico y normal. Encajable. Le habría gustado vivir una novela de aventuras intensa, degustar varias vidas en una; mas no había podido, o no había querido, hacerlo. Quizá no había sabido.

Sentado ante una cerveza, con amigos, mirando la avenida, todo le parecía usual. Como siempre. Algo visto no en una, sino en múltiples ocasiones. Ya era junio y como tantos junios iguales, sin recuerdo, con el viento de poniente soplando, en una tarde apacible, anunciando el verano ardiente. La costumbre. Nada diferente.

De la misma forma, su alma se acomodó a la perspectiva, a la espera, sin duda alguna, del sueño eterno. No el de Marlowe, sino el verdadero y para siempre. Sin embargo, soñó cuando joven en navegar y vivir combates exóticos, en ser un héroe extravagante y serio, ver mundo. Hacerse todo un hombre. Imaginó las tabernas del puerto del tango, las vidas del siglo XIX, las zonas inexploradas de entonces, en derrotas sin nombre, sentir directamente, alcanzar a través de ríos ignotos a lejanos parajes donde asomarse al corazón de las tinieblas. Llegar donde nadie había llegado, alcanzar lo que escondido esperaba retando. Aspirar el frenesí dionisíaco del mundo.

Años ya de los sueños: quedaron atrás. El mismo pueblo, las mismas personas, idénticos protocolos, la misma desesperanza. Fue un viaje sin retorno porque ni siquiera había partido.

La conversación pasa sobre los temas ajados de siempre, esperados, como una costumbre antes de caer en el abismo. Repasos de vidas parciales, allí donde infinidad de otras personas hicieron lo mismo y fueron ya olvidadas. El silencio que cae pesadamente, como una duermevela, sobre las consciencias. Anécdotas medio ciertas, medio inventadas. El descenso hacia la nada.

Príncipe

Ignacio Escañuela Romana

Fue una rebelión en toda regla. Hartos de belleza y esperanza, de corrección y reglas, hastiados de lo excelso, tomamos las armas. Decididamente.

En la asamblea, muchas voces discrepantes. Pero, entonces, despiadadamente, los pasamos a cuchillo. No hubo piedad. Fuimos crueles, para quemar las naves y no poder jamás volver atrás. Sin clemencia.

Queríamos emoción y vivir encarnizadamente, llegar a lo más negro del corazón de un ser viviente. Marchamos contra él. En los combates que siguieron no tomamos rehenes:  no nos habían apoyado y les sometimos a los más terribles tormentos. El corazón nos chorreó sangre oscura y roja. Sobre el alma cayó un velo más negro que la muerte. Ninguna lágrima.

En el último acometimiento avanzamos decididamente y teníamos ya la victoria en nuestro lado. Hundimos su centro y corriendo, armas desenvainadas, aullando el odio más profundo que haya existido jamás, enfilamos hacia él.  A punto de alcanzarle para acabar con la tiranía de la belleza, el bien y la verdad, con el rencor escondido en lo más hondo de las tripas, rezumábamos venganza. El grito de la tierra y el sol, del hambre y el mal.

Perdimos. De repente, rodeados, a ambos flancos, caímos en la trampa y fuimos flanqueados. Uno a uno fuimos cayendo. No nos importó. Reímos hasta el final, deseando desaparecer para siempre en el olvido. En una nada sin final. No temíamos ninguna tortura. Consecuentes.

Se exterminó a todos, no a mí. No se me permitió morir y se me condenó a una existencia eterna y baldía, lenta y dolorosa, desde la que observar el reinado del bien y la belleza.

“Diablo” me llaman. En realidad, soy un galeote.

Mapa

Ignacio Escañuela Romana

Tiene cosas que hacer: pensar, pensar sobre lo pensado. Seguir el difícil dédalo de callejuelas mentales que, inopinadamente, se abren y cierran. Otra, construir el mapa de ella. ¿Una tercera?: redactar el mapa de él construyendo el plano de las calles y callejas. Y todo así.

Mejor no dejarse llevar por tantos niveles, que no me llevaría a calcular ningún mapa final que es imposible. Ya lo dijo Gödel: no hay mapas completos, porque en ese mapa se cuestiona la situación de sí mismo.

Queda, por lo tanto, la única tarea significativa: vivir en las calles recorriéndolas, tomando travesías y aspirando el aire al que conducen. Encontrar lo inesperado que puede ser la repetición de lo que halló múltiples veces.

No, no es el viaje de Ulises, se afirma a sí mismo. Observando la existencia en el lugar de calles actuales que giran y retornan, mientras van. Generar recorridos que primero son posibles y después pasan a ser impuestos.

Intentar borrar lugares y pasos no era una opción, ya que sin mapa el fracaso era seguro e iría destruyendo justamente cada nuevo camino. No hay exilios interiores. Bueno, sí, mas sólo contemplativos. No es posible actuar en contra de la propia narración, porque estás incorporado en ella.

Entonces, se convence, no hacer el mapa. No, no es, en efecto, una opción: un mapa es otra calle y el siguiente plano es una nueva avenida. Por cierto, miedo a esos espacios tan amplios que conducen a la soledad profunda de las medianas entre coches y peatones apresurados, todos buscando un objetivo inquietante.

Sin embargo, el mapa imaginado. Quizá no el real, sino el vislumbrado como un sueño. Inevitablemente, las callejuelas cerradas y con vueltas y revueltas del centro de Sevilla, el lugar natal, de la infancia. Un partido de fútbol con los amigos en mitad de una calle, con porterías imaginarias y polémicas sobre goles por escuadras trazadas en la mente. La travesía hacia los calentitos inevitables, pasando por la izquierda la zapatería con local increíblemente minúsculo, donde el hombre se echa encima de zapatos y maquinarias, eternamente. Adoquines resbaladizos y ovalados, caminos alternativos casi infinitos para ir de un punto al otro. Patios que se vislumbran desde los zaguanes, anunciantes de una vida interior recóndita y secular. Las tres cruces plantadas en mitad de la plaza, las siete revueltas en calle y la librería de viejos a la que conduce finalmente, donde hallar de todo, textos sugestivos y nuevas propuestas, todo menos lo buscado inicialmente. Alargar los brazos y tocar a derecha e izquierda las paredes blanqueadas. En fin, los mosquitos de la humedad en vuelo eterno en la corriente de aire fresco de esas diminutas calles. El olor a orina de gatos y de zotal arrojado para luchar justamente contra ese primer olor. Aromas de pucheros a fuego lento de cocinas de carbón. Cables de la luz adheridos de formas inverosímiles a las fachadas y casas apuntaladas hasta la extenuación. Un mundo, lo sabe, perdido.

En mitad de la avenida de la gran ciudad, donde habitan furiosos coches, galopando veloces hacia salidas y entradas, rodeado por ruidos y olores de gasoil, bocinas y hombres que corren para no perder comba en este mundo moderno. Realidades vociferantes que desconocen su mapa soñado.

Por las noches dormir en camas que dan a amplios ventanales hacia ese patio interior. El lugar, sin duda, de los exilios. Allí, sí, podría haber pasado una vida, otra que incorporar a la larga retahíla de existencias humanas que trazaron estas casas y calles. Soñar desde aquella cama con los siete mares y los once desiertos que conducen hacia las salinas y las riberas de ríos, junto a valles ocultos. Ver las travesías oceánicas de hombres luchando con velámenes de palos mayores rotos por el esfuerzo. Viajar en trenes para recorrer la enorme y vasta Rusia, desde un cabo a otro, mientras escuchas lenguas extrañas y difíciles.

Mapas, pues. No el plano definitivo, que debe existir pero que no podrá hallar. Quisiera volver para encontrar las callejas de su imaginación, pero sabe que esto es imposible. Siente miedo por ese viaje hacia sí mismo en el que hallar el dolor de lo perdido. 

Problemas

Ignacio Escañuela Romana

Experiencias, vida, lecturas, reflexiones,… nada ha logrado acercarme algo más a la solución del problema esencial de la vida. El problema de la realidad, de lo existente y de su vivencia. Esa pregunta de la filosofía sobre lo qué es y lo que soy.

Libertad…

Ignacio Escañuela Romana

Solemos perdernos en libertades, de hacer esto o aquello, de pensar en lo que se nos apetezca, de no hacer nada. Es valioso, por supuesto, y esencial para el placer y la felicidad. No parece difícil hacerlo, entonces, aunque también vivimos las experiencias de lo que no queremos y se nos impone, como la enfermedad, la muerte, los consensos sociales, el trabajo, lo que quieren de nosotros, las expectativas que nos inscribieron, las privaciones materiales en que viven millones de seres humanos, ….

Además, hay una cierta tendencia a la sumisión a menudo, como señala Grossman en Vida y Destino, una cierta dejadez de nosotros mismos para aceptar lo que quiere el otro, especialmente si tiene poder. Y el que tiene poder desea que los demás reconozcan que tiene derecho a tenerlo; que es legítimo, como señala Kojevé al interpretar a Hegel en su escrito sobre la Dictadura. Es curioso porque el reconocimiento forzado de quien teme a ese poder no sirve, porque no transmite legitimidad. Por ello, el tirano desearía que esa legitimidad fuese realizada por el hombre libre, lo que es una contradicción.

Imposible entender los genocidios de la Edad Contemporánea si no es por ese cumplimiento que millones de personas hicieron de las órdenes, o por el implícito consenso de mirar a otro lado. Todo esto lo muestra esa novela de Grossman. Claro, también hubo resistencias y heroísmos.

Pero tengo la impresión de que incluso cuando nos doblegamos queda una cierta voz interior que nos dice que lo estamos haciendo y no deberíamos, que no se corresponde a lo que yo mismo espero de mí. Claro, entonces recurrimos a segundas razones explicativas acerca de cómo nos conviene.

En la película Toro Salvaje, basada en una novela autobiográfica, La Motta nos narra cómo desde el momento en que aceptó la imposición de los poderosos en un combate amañado, no volvió a boxear bien. Como si en ese acto hubiese dejado un pedazo de sí mismo para adquirir la gloria.

Es difícil practicar esa resistencia que cuesta. La literatura científica nos dice que ir contra la conformidad social es muy complicado y raro. Pero también es cierto que toda transformación comienza por actos individuales de personas que lo hacen, que se arriesgan en un sentido u otro.

En todo caso, como Grossman, pienso que «no hay en el mundo objetivo por el cual se pueda sacrificar la libertad». Simplemente.

Callejón


Ignacio Escañuela Romana.

De repente viví una de las experiencias por las que todos los hombres, de forma abrupta, inesperada y repetitiva, han ido cruzando, llorando las mismas lágrimas, echando los mismos recuerdos absurdos de un tiempo que no puede volver, porque es el pasado, y el pasado es eso: lo que no está presente. Dice Heidegger que la vida humana es un vivir ahí, arrojado, mas los hombres lo vivimos como el eterno recuerdo irrecuperable, la información sobre lo que ya no es, la decisión sobre lo que no podemos cambiar.

Sí, revivo esa canción eterna, me digo:
«No, no quiero volver
A pisar el viejo callejón
Hace tanto tiempo
Y ya no siento nada» Nacho Vegas

Porque el tiempo nos aniquiló allí, mientras fumábamos ese lucky. Ahora, sí, que te va bien, y ese callejón ya no es lo que es, sino lo que fue y no podrá volver.

No, nada por volver, pero ese recuerdo tuyo me quema hasta la raíz y percibo, por fin, la realidad, de esta vida: «hace tiempo ya que tú lo olvidaste».

En estos tiempos en que el viejo lucky es propio ya, y no compartido. Cuando sé que prosigo y soy, quizá, casi el mismo, y tú, sin duda, me olvidaste. ¿Quedar allí a media mañana, entonces?. No, en la sima en que me acostumbré a vivir no cabe volver: nunca más podré pisar ya «el viejo callejón». La existencia es esa despedida y el posterior olvido. Sigo observando cómo el cigarrillo se consume.

El libro de aquel verano

Ignacio Escañuela Romana

Jamás he vuelto a disfrutar tanto leyendo literatura como en aquel verano sevillano, caluroso hasta la extenuación. Apenas había dejado atrás el sudor de la noche, en un tiempo sin aires acondicionados, cuando abría el libro y llegaba esa hora en la que el breve viento suave de marea, en ascenso por el valle del Guadalquivir, paraba y los plataneros dejaban de susurrar. Seguía un orden fácil: tomar una colección estándar de novelas contemporáneas e intercalar algunas otras obras por atracción.

Al anochecer, daría algún paseo tardío por las plazas y el río, y muchas noches visitaría el cine para ver películas de serie B, en las que imaginar y encontrar algo. Allí sí había abundante aire acondicionado, tanto que se llevaba un chaleco. Mientras veía la peli e imaginaba, tocaban, claro, palomitas y, a menudo, paquetes de gomitas. A obscuras, oportunidad para situarse en otro mundo. Luego vuelta a casa en un paseo parsimonioso bajo la noche.

Pero lo central era lanzarme todo el día a la literatura. Afronté las obras completas de Sófocles, y alguna de Aristófanes. Pasé a la novela contemporánea, la técnica de Contrapunto de Huxley, El Archivo de Egipto de Sciascia y su reflexión sobre los límites de la verdad y la retórica, la durísima Muerte en Venecia de Mann, el maravilloso Hombre que fue Jueves de Chesterton, la violencia antisocial del Agente Secreto de Conrad, y, así, un largo etcétera. También tuve mis fracasos, me retiré ante la complejidad de Abaddón el Exterminador de Sábato, aunque, a cambio leí la mucho más corta El túnel; reculé ante el Ulises de Joyce y, por ello, me perdí en la contemplación de su Dublineses. Me han ido mirando acusadores esos libros desde la estantería, aunque finalmente superé el Ulises. En cambio, he de añadir el Juego de los Abalorios de Hesse, también esperando una segunda oportunidad. Quizá a que lenta y pacientemente mundo exterior e interior coincidan.

Descender a las páginas y devorarlas, mientras la calle ardía y el silencio recorría la gran ciudad, fue una experiencia única. Todavía quisiera repetirla y, alguna vez, tengo que hacerlo: leer por leer, leer por vivir, o vivir para leer. Un verano ardiente. Tal vez un invierno gélido y nevado de los que aquí, en el Sur, no tenemos. Pero leer y perderme en la imaginación, que bordea lo que el autor quiso expresar y yo me atrevo a modificar a mi capricho. Para hacer, entre los dos mundos nuevos, interpretaciones diferentes, en un diálogo entre lo que se escribió y lo que se lee.

Quizá la literatura sea sólo un diálogo a través de los años, las décadas y los siglos. Tal vez los libros hablen entre ellos y susurren soluciones nuevas en las noches en que dormimos y no sabemos oír. O, es posible, como en el final de El Nombre de la Rosa, de Eco, que toda la vida intentamos ir tomando hojas sueltas que se agitan al viento para intentar componer un libro completo, un significado, la conclusión de la vida. Sin conseguirlo.

«Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos», nos dice Joyce en el final de Dublineses, tras contarnos en sucesivos cuentos el paso por la vida, desde la juventud hasta las últimas experiencias. Pero ese verano, bajo el sol brillante y único del Guadalquivir, sentí las sucesivas vidas y experiencias que nos relatamos a través de las palabras, los anhelos y temores, los significados, las conclusiones no rematadas, los principios que se quedan inconclusos. Como en la Biblioteca Universal de Borges, mis lecturas conformaron un libro de todas ellas. Un verano del Sur. Único.