Escribo

Ignacio Escañuela Romana

Me desperté. Vi hondas quebradas, hirientes. Me di la vuelta y dormí profundamente. Las primeras luces me despabilaron y sentí un estallido interior. Deshecho, confuso y loco, me incorporé y caí a través de la quebradura, deslizándome, como en lo real. Aquí y ahora, de ese entonces y allí, en el tremor, escribo esto.  

El día fue largo

Marta Escañuela Nieves

El día fue largo, nada salió como esperaba. Me encuentro paseando con los aullidos de la noche. Huelo el olor a humedad, los zapatos la sienten mientras camino. Cruzo cerca del bar desaliñado de la esquina. Estoy segura de que le quedan muchas batallas por pelear. Sin embargo, sus clientes parecen haberlas perdido todas mientras se ahogan en sus vasos de cerveza cutres. Mi soledad me alerta y así, me concentro de nuevo en mis pies y en la vereda. Toco mis bolsillos, esperando que mis dedos rocen algo metálico. Suspiro, mis llaves se encuentran en su sitio. Sigo a mis pies, ellos hacen su caminata semanal sin ningún atisbo de duda. Aquí estoy, de nuevo en el supermercado buscando llenar mi nevera después de una larga semana de traslados incesantes. La vida adulta es como aquellas caritas sonrientes que los adolescentes se tatuaban en la piel por medio de un mechero. Te sonríen en la piel mientras la quema y altera sin percatarte. 

Queremos correr rápido con pasos sabios que nos lleven a lugares prediseñados en nuestra mente. Aun así, nos encontramos con unos pies tardíos y unos días que navegan entre la realidad y el sueño. Días se vuelven faltos de intensidad y caricias.

Callejón

Ignacio Escañuela Romana.

Porque el tiempo nos aniquiló allí, mientras fumábamos ese Lucky. Ahora, sí, porque te va bien, y me alegro, pero el callejón ya no es lo que era, mas permanece lo que fue y no podrá volver.

No, nada por volver, daría, pero ese recuerdo tuyo me quema hasta la raíz y percibo, por fin, la realidad, de esta vida.

Lo que me duele no es ya ese paso al que me terminé por acostumbrar. No, lo que realmente me estraga y hace entrar a mi consciencia en galerna, y sucumbir, es que ese valor ya no existe. Paso por el callejón y ya no es ese lugar: ya no tengo que dar un rodeo para evitarlo. «Es otro el silencio», y otra la oscuridad. De algún modo, resplandece en el pasado, y ahora está perdido para siempre.

En estos tiempos en que el viejo Lucky es propio ya, y no compartido. Cuando sé que prosigo y soy, quizá, casi el mismo, y tú, sin duda, me olvidaste. ¿Quedar allí a media mañana, entonces?. No, en la sima en que me acostumbré a vivir no cabe volver: nunca más podré pisar ya el viejo callejón. La existencia es esa despedida y el posterior olvido. Sigo observando cómo el cigarrillo se consume, y aspiro.

«No, no quiero volver
A pisar el viejo callejón
Hace tanto tiempo
Y ya no siento nada»

Nacho Vegas

Ola

Ignacio Escañuela Romana

He tomado los recuerdos sensatos y he hecho una pira con ellos, su lumbre me reconforta en los inviernos brumosos. Tomé todas las ofertas atractivas y me carcajeé de ellas. Todavía pisoteo las últimas y escucho su crujido. Ahora me miro al espejo, nocturno, mientras luces iluminan violentas el firmamento. Proyecto sobre ellas, superpuesta, a Calipso, su cuerpo desnudo ardiente, su sonrisa burlona y rebelde. Yo, mortal, ya no podré verla de nuevo. Atormentado, me pregunto cómo pude abandonarla. Rugiente el interior, me acerco a las playas cuando las olas ríen con la arena y tomo noches de deseos violentos. Me digo que sí, soy estúpido. Entonces borracho perdido, soy capaz de dormir y sueño con la ola que en la costa de Ogigia acaricia su cuerpo perfecto, eterno, radiante y cálido, para viajar largas millas y llegar hasta la orilla en donde estoy y murmurarme sobre ella. La veo, entonces, acaricio y deseo no ver amanecer.

Vacío

Ignacio Escañuela Romana

Entonces, me adentré. No tenía respuestas, ni siquiera dudas, sólo existía y sentía, como un hueco , viendo y degustando cada instante. Luces y sombras me resultaban indiferentes, tan delatado por todo lo contrario. Entré, pues, como cáscara vacía, sin deseos.

Pero descubrí el brillo de estrellas en la enorme noche oscura, en la amplitud. Un firmamento deslumbrante en la noche desprovista, perdida, consigo misma, única, solitaria como en el principio de todo. Sin miedo, abandonado y ausente, mas estante, comencé.

Antaño

Ignacio Escañuela Romana

Cielo abierto. Sol del abril primaveral, luciendo con nubes. Llega y le abraza, con golpes secos, padre. Calle nítida, ventanas engalanadas: mañana la fiesta. Se va parando, los vecinos, los amigos. Escucha: el tiempo, su delgadez, la capital lejana, la cosecha, los hijos por España, veremos el ganado … En casa, besos de madre. “No comes, ¡qué desastre!”, “ven siéntate que lo remediamos”. Después café en la plaza, amigos de la quinta, niños correteando, bestias de recogida. ¡El pueblo!

Ha despertado renqueando: 86 años, claro. Café negro. Sale: muros derruidos, casas desiertas. Le duele, soñó con su juventud.

Toro salvaje

Ignacio Escañuela Romana.

La película Toro Salvaje (Director Martin Scorsese, Guión 

Paul Schrader y Mardik Martin, principal actor Robert De Niro) merece la pena verse y disfrutarla. Mientras, sentir un estremecimiento interior por los límites del corazón humano. Sí, de repente la historia de Jake LaMotta, El Toro del Bronx, el hombre que dijo estas estremecedoras palabras: «Luchaba como si no me importara vivir. De hecho, no sé si entonces me importaba vivir. Quería morir».

Campeón del mundo de boxeo que tuvo su particular descenso a los infiernos y la resurrección moral posterior. Fajador del ring como pocos, sostenía ataques intensos aun a costa de recibir duros castigos. Se decía que calentaba los músculos con los golpes recibidos en los primeros asaltos, sólo para después desarrollar un ataque a todo o nada. En la película se reflejan sus problemas morales y la incapacidad para distinguir el boxeo de la vida. Su agresividad, los maltratos que infligió a sus esposas..

Es cierto, en 1949 cedió al chantaje y amañó un combate. Reconoció no haber peleado igual nunca más, a partir de aquella mentira. Todo le llevará a saltarse los últimos limites y acabar en la cárcel donde, golpeando las paredes con las manos desnudas reconoce, por fin, desgarradoramente: “¡Soy un imbécil!”.

Por fin, tomó decisiones que le sacaron del abismo y pudo reconstruir su vida, reconocer el mal que había realizado, sostenerse a sí mismo como persona. Como en el ring, no se rindió hasta lograr reconciliarse consigo mismo. La película de Scorsese le consagró como leyenda.

Hay algo verdadero y primario en los títulos de crédito de la película Toro Salvaje, los mejores en mi opinión en la historia del cine. Hay algo real en el Toro del Bronx, encerrado entre las cuerdas del ring, aislado, solo, en un solo plano y slow motion, con Cavalleria Rusticana de Mascagani. Los ganchos que marca, mientras se mueve, simbolizan algo real en la vida de todo hombre, la pelea interior que sostenemos con nuestros propios fantasmas. A menudo, las derrotas que vivimos, el castigo que sufrimos, la sensación de culpa, todo ello, es el combate continuado con esa fuerza. Pocas vidas, entonces, muestran con mayor claridad la famosa cita de Nietzsche: «cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

https://camposdelsur-literaturablog.blogspot.com/2021/06/toro-salvaje.html

Prefijado

Ignacio Escañuela Romana

La reunión se tersaba en el tiempo, tras más de tres horas de sopor y monólogos compartidos. Todo tan previsible… Ahora tocaba un descanso. Una sala muy amplia, en elipse, con casi un centenar de asientos en derredor en torno a un centro imaginario. Ellos estaban en el lateral izquierdo de la sala. Los micrófonos innecesarios. Las paredes enlistadas en negro, con fondo blanco. El aire acondicionado funcionando para tener la atmósfera en la temperatura exacta de la comodidad. Claro que, se preguntó, ¿para qué? Ahora tocaría el receso, que era, en verdad, una continuación acompañada de cafés y rumores, para después volver a sentarse y así poder concluir la mañana gloriosamente, pensó.

 Una vida de éxitos profesionales y comerciales, reconocimientos de numerosas personas y un bien ganado estándar de vida alta. Ningún problema con el dinero, ni siquiera pagando su casa con finca en las afueras de la ciudad. El servicio de limpieza, la vigilancia. Pero ahora mira hacia adelante como viendo las horas andar ante él, conforme los discursos continúan con una apariencia de diálogo constructivo. Los suyos también.

En realidad, todos saben cuáles serán las decisiones que se van a tomar. Están ya determinadas. El diálogo es el coste de tiempo y energía para dar a estas determinaciones una apariencia social respetable. Incluso una conciencia individual satisfecha.

Todo le ha conducido hasta allí, con sencillez, se dice. Simplemente dejarse llevar como si estuviera en un andador mecánico y los caminos diferentes no tuviesen esa ayuda. Desviarse hubiera sido salir bajo la lluvia torrencial, estando a un paso del refugio. Un paso a derecha o a izquierda y se hubiese arriesgado a fracasar. Allí, en esa andadura todo es relajado y vibrante, nada es inesperado, todo es natural y sencillo. Se llama, lo reconoce, éxito. Pero es el funcionamiento de un engranaje más: él. ¿Feliz? Ni más, ni menos, piensa. Alexitimia, en verdad, había leído reconociéndose. Es decir, no sabe. Sí es consciente que no daría un paso fuera del camino esperado, porque no es capaz. Demasiado esfuerzo y sufrimiento. Algo para lo que no está dotado. Piensa, sí, desde el más allá de esas vidas posibles, imaginadas, en millones de vidas distintas y alternativas. No sabe si mejores o peores, nunca las probará.

¿Cómo sería mirarse a sí mismo desde muy lejos?, ¿qué conclusiones resultarían de un análisis no apasionado y a la distancia? Como si el mismo fuese un simple objeto de estudio. Supongo, se dijo, que no parecería un individuo, un sujeto, sino un conjunto de normas activas y superpuestas. Quizá destacaría que no hay nadie detrás, que todo es explicable a partir de regularidades que atan cada uno de los actos. Incluso estos mismos pensamientos no serían más que una relajación esperable de quien es un actor de su propia vida, esclavo del papel prefijado.

Tal vez, se apuntó mentalmente, toda la idea de la libertad sea desde el principio un engaño. O bien esto mismo que pienso ahora es el engaño de un esclavo que se sabe rehén de reglas y quiere justificar su mediocridad, cuando habría podido salir a la intemperie, plantear otros problemas, arriesgarse y ser rebelde con o sin causa, qué más da. Tal vez nunca haya causa, pero sí un yo escondido y rebelde, desafiante a pesar de las cadenas.

Borrar estas normas significaría evaporar treinta años de la vida y todos los actos que he hecho desde entonces. Salir y colocarme en el huracán, se dice. Ser excluido de mucho de lo social. Aunque escribir un libro propio, a resguardo de lo que opinen los demás sobre mi vida. Una especie de desafío y, también, de reclamo, atacado por el peligro que significa el ejemplo, la salida del tejido de regularidades y expectativas.

Levantarme y salir, piensa. Sin dar razones. Aquí y ahora. Un primer paso de mi vida. Da fuerza a sus músculos, flexiona rodillas, se prepara, hace el gesto de tomar el apoyabrazos para hacer fuerza… Transcurre el tiempo indiferente, sentado vuelve el turno de palabras hacia él. Empieza a hablar …