La libertad (Kant)


Ignacio Escañuela Romana.

No hay ética sin libertad. Si no somos libres, no somos imputables. Si las condiciones sociales o biológicas me fuerzan a actuar, entonces no soy culpable. Así lo vió Spinoza quien afirmó entonces que se condena a las personas a penas legales no por su autoría o libre decisión, sino por el hecho objetivo de que el hecho cometido va contra el interés social o colectivo.

Kant encaró el problema e hizo de la libertad un postulado de la razón práctica: algo que debo suponer necesariamente pero que no puedo demostrar de ningún modo a través de la teoría, de los conocimientos del mundo. Sólo podemos asimilar fenómenos condicionados por nuestros conceptos, no cómo sean las cosas mismas. Que seamos libres o no es entonces un supuesto necesario de una ética que se quiere universal, pero no algo que sepamos con ninguna certeza. Es más, se convierte en una afirmación que sabemos nunca tendrá demostración posible.

¿Entonces?. Actuaremos como sujetos que se suponen libres, pero que pueden no serlo. Tomaremos a los demás como un trasunto de ese yo nuestro: otro yo que debe ser también de decisiones espontáneas.

¿No basta?. No, claro. Pero yo estoy de acuerdo en que se trata de un principio que no admite prueba ni en positivo, ni en negativo. Y es una sensación: incluso quien afirma un determinismo estricto no deja de sentirse internamente libre. Y es una afirmación muy necesaria para afirmar normas válidas universalmente. Que afectan a todos por el hecho de ser sujetos racionales dotados de capacidad de decisión.

Ondas

Ignacio Escañuela Romana.

Imagino que el tiempo es como una onda espacial. Recorre el universo modificando cada elemento y haciendo que posea un antes y un después. No se puede escapar porque se es espacial. La onda pasa también por nosotros, como por todos los elementos del universo. Sigue su recorrido, pase lo que pase: mejor dicho, porque pasa. La teoría dice que el tiempo es relativo: es como si esa onda me impactase de frente o de lado, oblicuamente: mas me lleva.


A menudo he recordado el final de la película Leyendas de Pasión: «tuvo una buena muerte». ¿Se puede tener una buena muerte?. En realidad, sabemos que morimos a cada instante, que no podemos volver atrás y que lo vivido no vuelve. Bueno, a veces es una ventaja: algunas cosas no quisiera volver a sentirlas.


Entonces esa onda temporal me va recorriendo y sigo avanzando, hacia un espacio desconocido: el futuro. Claro que da vértigo, pero es verdad que también es lo mejor de la vida: lo inesperado.


Imagino cuando en el futuro los hombres, que ya no serán seres humanos, sean eternos: modificaciones genéticas. Un accidente será una incidencia terrible: ahora mata a alguien mortal, entonces lo haría a alguien inmortal. Bueno, es posible que se pueda reproducir a un individuo idéntico.


No me cabe la menor duda de que el hombre es ese ser mortal que duda y vive en la incertidumbre. Un inmortal no es humano. Debe ser bueno serlo, la verdad, pero entonces las ondas del tiempo impactarán para hacer que las historias se repitan. Claro que estoy seguro de que el universo es más poderoso: deberá haber un final.
Entonces el universo es trágicamente temporal. Imposible imaginar algo que no lo sea: que esté fuera del tiempo. ¿Antes?, ¿después?: preguntas sin sentido, pero: ¡tan sugerentes!.

El tiempo es un niño que juega a los dados, nos dice Heráclito. No estoy muy seguro que los dados sean una buena comparación. No obstante, el mundo se parece, ciertamente, a un juego. Pero trágico. ¿Por qué un juego?. No sabría decirlo.

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Si succiderit, de genu pugnat

«[…] El que cae lleno de coraje en el combate, si succiderit, de genu pugnat (1); el que después de desafiar los peligros ve la muerte cercana aunque por ello no disminuya en nada su fortaleza; quien al exhalar el último suspiro mira todavía a su enemigo con altivez desdeñosa, ése cae derrotado, pero no por nosotros, sino por la adversidad; puede morir, pero no sentirse vencido. Los más valientes son a en ocasiones los más desgraciados.

Así que puede decirse que hay pérdidas triunfales, equivalentes a las victorias. […]» (Michel de Montaigne, Ensayos. Libro Primero, Capítulo XXX: «De los caníbales». De la edición en español de E.D.A.F., 19741. Traducción de Enrique Azcoaga)

(1) «Si cae en tierra combate de rodillas.» (SÉNECA, de Providentia, c. 2. vencido. Claudiano, Desexto consulato Honorii, v. 248.)

(En el inicio del maravillosos libro de Zweig: Castalión contra Calvino)

La libertad moderna.

Ignacio Escañuela Romana.


La libertad moderna está formada por la primera y principal afirmación de Descartes: Dudemos de todo. Seamos capaces de soportar esa duda, de vivir en la incertidumbre. No corramos a creer a nadie, ni a nada. Busquemos en nuestro interior para fundar la certeza.


Me temo que el siglo XIX, desde el idealismo alemán a Nietzsche no entendieron esto. Que el asalto a la racionalidad de la época romántica, que nos conduce, a través de una larga escalera, hasta el escepticismo posmoderno, no acaba de entender esto. Husserl acudió, sin éxito, al criterio cartesiano de la evidencia, que la ciencia contemporánea ha destrozado. 


Temo, pues, que la escalera nos ha llevado al predominio actual del ruido de los medios y las redes sociales. Muchas opiniones interesadas. Demasiado sentido común, que camufla un pensamiento imperante, ideológico. Consignas repetidas hasta que uno crea que son propias.


Dudemos, sí. Busquemos dentro del sujeto. Pero pongamos también bajo la incertidumbre al propio sujeto


En definitiva, Descartes nos propuso conquistar la libertad que consiste en entender para ser libres (Spinoza). Busquemos de forma constructiva, pero busquemos. Sin miedo a la incertidumbre. Ya Heráclito lo dijo: «yo me investigué a mí mismo».

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La repetición trillada del borracho

Ignacio Escañuela Romana.

¿Por qué las tragedias humanas se repiten una y otra vez, y lo hacen ante la indiferencia del mundo?. No sólo eso, ¿por qué la repetición se produce como el disco «que un borracho toca una y otra vez echando una moneda en una ranura». No, tampoco creo que esas tragedias influyan, de ningún modo, sobre el universo: «no, no creía que la tragedia de dos seres humanos pudiera conmoverlo».

¿Entonces?. Claro, «yo no tenía ninguna esperanza» Sí, quizá «resignarse a la idea de que en todos los hombres reviven antiguos tormentos, tanto más profundos cuanto más se repiten».

Observo las polaroids de Tarkovsky, quien, sí, llevó a la pantalla la historia de Kelvin y Harey. Creo que tanto en la peli, como en esas fotos, veo lo mismo que el maestro: instantes suspendidos del tiempo en mitad del drama humano. Momentos fugitivos en la bruma de la existencia.

Claro, Resignarse a vivir como el borracho que coloca discos. No hay más. Y, entre medias, algún comentario, como si fuese una de esas cuestiones marginales de los medievales. Por algo, los dramas de la tragedia griega clásica son actuales, tanto como los de Shakespeare o Lope de Vega. Tanto como el del dramaturgo que está, ahora mismo, sentado escribiendo.

Dejar, pues, en el tiempo esos flashes de imágenes. Instantes que existen por sí mismos, aunque el tiempo indiferente se los lleve.

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La experiencia de la imposibilidad

Ignacio Escañuela Romana.


Una de las experiencias humanas más extrañas es el paso del tiempo. Es verdad, nos acostumbramos a él pero es raro que lo pasado no podamos alcanzarlo de nuevo y estemos condenados a irlo perdiendo, primero como recuerdos y después como un paso a la nada. Imagino que cuando adquirimos consciencia nos resulta angustiosa la pérdida constante de todo lo que vivimos, como si trozos nuestros los fuésemos dejando. Claro, nos consuela la sensación de que somos los mismos y de que cada vez sabemos más y percibimos mejor. Supongo que es un poco de azúcar que el tiempo nos entrega para que admitamos esa forma constante de muerte que es la vida. 


Siempre me ha resultado extraño escuchar que hay que vivir intensamente, como si todas las vidas y experiencias humanas no tuviesen esa particularidad. Intensidad que procede de que sabemos que no podremos pasar más por esos puntos en los que estamos. Es más, pienso que las personas que rehúyen las sensaciones profundas lo hacen probablemente porque no pueden soportar el carácter radical de la vida y buscan algún refugio. En verdad, me digo, ¿no buscamos todos alguna parada en la vida frente a ese transcurso que nos va llevando hasta el fin?.


Creo que la extrañeza ante el cambio me llevó a la filosofía y confieso que creo que todos los hombres tienen siempre, aunque les pese, algo de filósofos. Reconozco, también, que la belleza del arte, su contemplación y carácter sublime, es otra opción. Posiblemente más completa y plena pero, al mismo tiempo, episódica y fragmentaria.


La vida, entonces, es la experiencia de la imposibilidad: de que no podremos volver a vivir los instantes del pasado y los estamos perdiendo. Bueno, algunas experiencias no está mal que se alejen, pero otras …. Supongo que la felicidad es justo ese momento en que pedimos al universo que el tiempo se detenga. Por supuesto, el universo no nos escucha y todo sigue. No hay más.

Muy pronto

Ignacio Escañuela Romana.


«Muy pronto todos te habrán olvidado», nos dice Marco Aurelio. Le imagino sentado en el campamento del ejército, en una región para él alejada y pérdida, tras una escaramuza o una batalla, mientras oye los gritos de los heridos y los lamentos por los muertos, o las fiestas por estar todavía vivos y la victoria. Ante la enormidad de su responsabilidad colectiva e histórica, se sienta y escribe esto: no importa lo que haga, me desvaneceré en el tiempo y todo recuerdo conmigo.

Dice Arendt, y afirmaba Aristóteles, que un filósofo no debe ser gobernante. Pero este fue nada menos que emperador romano. Y lo fue en plena crisis del imperio. Además, fue efectivo, nos dicen los historiadores. Bueno, no todos ni mucho menos: Fraschetti destaca una política económica muy negativa. También se habla de la persecución de los cristianos.

Como fuere, en el campamento, pensando en la inmensidad del universo y sus leyes inamovibles, escribió en mitad de la batalla de hoy hacia la de mañana: «Una pequeña araña se enorgullece de haber cazado una mosca; otro, un lebrato; otro, una sardina en la red (…) y el otro, Sármatas. ¿No son todos ellos unos bandidos, si examinas atentamente sus principios?». Consciente de las contradicciones de su vida, se pregunta sobre si somos o no ladrones. Claro, me pregunto con él acerca de la corrección de la vida real que llevo.

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No circulares.

Ignacio Escañuela Romana.

Imagino que las vidas deberían quedar completas, como una unión entre el principio y final, o como una conclusión que se sigue a los hechos vividos. Algo usual en literatura y cine. García Márquez gustaba de dar conclusión a sus historias, llegar a algún sitio simplemente, obtener algún mensaje o sentido. Bueno, entender el problema de una culpabilidad mal diseñada, y de cómo los personajes terminan riéndose del resultado de la muerte de un otro, esto me costó una pequeña depresión al leer esta novela de ese autor. Una muerte anunciada salvo para el asesinado, en bano (sí, bano de banal). Simplemente porque pienso que el tiempo, y, sobre todo, lo que somos como personas, ese conjunto complejo, tiende a comportarse de este modo. Ya Hegel apuntaba a la razón histórica, que se reiría de la conductas éticas y sacaría provecho de todo, especialmente de lo aparentemente malo.

No obstante, mi impresión es justo la contraria, que las vidas humanas quedan inconclusas y que los sentidos los construimos nosotros. Literalmente, los inventamos. Bueno, en todo caso, pertenezco a esa tipología humana que no es capaz de anudar conclusiones y a la que los sentidos le parecen, lo percibo, como otra galaxia lejana.

Todas las historias de bien y mal, o héroes y villanos, o culpabilidad para renacer o, simplemente, para purgarla, bien: todo ello me resulta una filfa. No he encontrado jamás que el tiempo lo ponga todo en su sitio. Más bien al contrario, trastoca todo lo que tenía su lugar y deja instalado al sinsentido. Aunque, lo reconozco, admiro la integridad de un Marlowe en su búsqueda de la verdad.

Supongo que es una visión pesimista de la vida, como el psicólogo transmite al padre en la película Gente Corriente. Sí me parece estar seguro de que no lograré ya alcanzar conclusiones finales. Ni siquiera intermedias. Pienso que el azar interviene, sin quitarle importancia a nuestras decisiones. Pero, a menudo, no hay ámbito de posibilidades, el Día de la Marmota está bien porque la repetición es aceptable. Pero, ¿es posible soportar levantarte una y otra vez en un bombardeo de la Guerra Mundial?

A veces pienso en todos esos primeros amores que quedaron grabados y superaron las experiencias de los siguientes, como en la historia final de Dublineses, James Joyce. Es cierto que no tiendo a sentir esa conclusión del personaje de Los Muertos: «Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida». Pero sí que la vida consume, claro. Lo que sucede es que el conato de Spinoza, o de Tomás, nos impulsa hacia adelante, en la búsqueda de la eternidad. 

Imagino esa flor en mitad del desierto, que pasa desapercibida para los demás, de la que nos habla Los Búfalos de Durham (por cierto, fantástica película). En El Principito se nos dice que la rosa de su planeta es especial porque la riega y cuida. Creo que tiene razón en esto. Pero incluso en la soledad más absoluta, en mitad de las dunas y en el silencio silbante del viento y del roce de las arenas, la fragancia es valiosa como un hecho. Creo que esto, es cierto, he llegado a comprenderlo. El sentido no lo dan los demás, ni siquiera yo, sino la existencia y la valentía en ella. Recordar, pues, a Jünger, porque el valor es un desorden del ser. Hay algo en la derrota humana que le da grandeza. O, al menos, esto quiero pensar.

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Me canso

Ignacio Escañuela Romana.


Entonces, en un gesto universalmente humano, recorre la calle y los parques donde sintió plenitud. Percibe las luces y colores como si volviese a ese pasado y recuerda los versos de Neruda: sí, sucede que me canso de ser hombre, y, entonces, me arrastro sobre mí mismo y voy dejando trocitos de mis sensaciones por los asfaltos y alberos. Sabe, en el fondo, que el cansancio que lleva viene de que se harta de ser él mismo.


Sabe que desde fuera no se nota, pero esa parte queda ahí, mucho más fija y sólida que la vez primera que vivió en esos lugares, en otros instantes. Tiene, en esos momentos, el impulso de preguntarse si la vez primera que estuvo allí, en tiempos irrecuperables, pudo ser consciente de cómo viviría más adelante la pérdida. Como si fuese posible el diálogo de sí consigo mismo a través de tiempos. Se dice, claro, que es imposible, que nadie conoce su futuro, mas esa impresión de la predicción del desastre justo cuando te encuentras pleno resuena.


Entonces, se dice, será que me hastío de ser innumerables veces yo mismo, como si las experiencias no me hubiesen enseñado nada y la condena hasta el final fuese repetir los errores. Quisiera montar una narrativa para dar decisiones y finales, mas sucede, en fin, que me canso de inventar. No me lo creo y, entonces, me condeno a mí mismo a la repetición, piensa. Me escucho y sé que lo que digo lo afirmé en veces anteriores. En fin, «no quiero seguir siendo raíz en las tinieblas» No. No quisiera serlo hasta el final de mis días. Veremos.