Miro

Ignacio Escañuela Romana

Miro, sí observo, las bajas nubes opalescentes de esta noche que sangra. Ríos enteros cayendo a mares en mi alma, o en lo que de ella quede. La mitad muerta, la otra mitad muda. ¿Dónde he dejado el sentido?. En esta marea creciente, las olas fluyentes me arrastran hacia adentro. Sí, sé que yo mismo soy el arrastrado y el mar. Comparto la ballena terriblemente divina, blanca y majestuosa y el cazador condenado a ir a lomos del gigante implacable.

¿Alzarse, pues?. No lo sé, la verdad. Pero creo que debo empezar y silbar, marcando uno, tres, cuatro, … Morir, mientras, un poco más adentro, pero al menos sentir el corazón golpeante de vida.

Busco pues el sufrimiento que me haga sentir la vida. Pensar lo es todo, vivir no es nada hasta que me muevo, sin orden ni forma, sin planos ni dirección, pero, definitivamente, me desplazo. Miro, oteo, no logro sentir, arrastro, voy como una marea en busca de la pleamar incierta.

Una palabra

Ignacio Escañuela Romana

Te iba a decir una palabra pero no pude, dice uno de los versos de Hikmet. Añade el poeta turco: La muerte antes de llegar me envió su soledad.

Pienso, a veces, que los afanes en que andamos mezclados son absurdos. Cuánta verdad en esos versos, cuánta mentira en la persecución del vacío diario que hacemos. Y conforme más nos afanamos, más nos atrapa. Pero, entonces, cae la noche y la oscuridad nos llega con su verdad.

Pero pienso, asimismo, en esa palabra que iba a decir y no pude. ¿Por qué no pude? ¿Qué quería decir y no me atreví a hacerlo? La palabra lleva algo importante, como un pequeño paquete que puede ir de lo más insulso al máximo interés. Claro que el oyente es quien clasifica. Sin mirar a los ojos, algunas de esas palabras quedan vacías, como decirlas en otra lengua que la materna: sí, las transmitidas por nuestras madres cuando estábamos acogidos. ¡Qué carga de veracidad en esas primeras palabras que nos dirigen en un diálogo sobre las verdades de la existencia!

Claro, las palabras también sirven para mentir y esconder. Además, nos alejan. Pero, ¿Qué sería de Aquiles y su cólera sin toda la narración que de él nos llega a través de Homero? ¿Quién es Edipo sin las tragedias sobre su hybris, que podemos leer y representar?. Porque la palabra no sólo nos envía la posibilidad de comprender, sino que también lo hace a través de los tiempos y los espacios. Imagino las bibliotecas de noche como el lugar donde los libros, quienes los escribieron, mas también quienes los han leído, discuten e intercambian.

Sí, discutir, ese verbo que siempre me ha parecido tan fundamental. Sé que tiene mala fama frente al aséptico dialogar o el académico debatir, pero cuánta realidad transmite de la forma como nos comunicamos. Imagino, porque las leo, sí, las discusiones entre Cassirer y Heidegger en Davos en torno a la universalidad del valor, como elemento del ser o contra él. ¿Qué hubiese sido del Banquete de Platón sin los discursos orales y escritos sorbe el amor? ¡Qué diferente es comer, beber y ver y hacer todo eso y hablar en tono vehemente para lograr alcanzar la verdad! En fin, Maquiavelo cuenta el sueño sobre el báratro y el paraíso y su elección del lugar donde se debate sobre política. Claro, el infierno.

Quedan los versos de Hikmet, el último poema en la cartera, tras la foto, me dijiste, nos cuenta poéticamente, por qué no vienes y te quedas, sonríe y muere. Entonces, Nazim lo decidió.

Espejo

Ignacio Escañuela Romana

Resultó que él siguió, con la fe de un poseído por la historia, con la sonrisa de quien lo perdió todo. Justo él, el menos esperable, desahuciado por las esperanzas depositadas en todos los demás. En una victoria pírrica, aguantó para sí mismo, sin testigos ni nostalgias: pero la sangre le transformó.

Fue, sí, su única forma de evitar el mal bullente. Lo sintió surgir desde lo más fácil, la costumbre, la forma de hacer de manera que todos los demás le valorasen. Pero una tarde, tórrida de calor rebotante, lo afrontó. Hubiese querido evitarlo, pero no supo cómo hacerlo. Entonces la verdad le atravesó, como lo ha hecho, de forma caprichosa, con otros hombres en la historia.

Ahora, más sólido y perdido, teme estar ya en otra realidad, en una nube alternativa. Pero, en un extraño cogito cartesiano, sobrevive en las raras noches cuando el impulso le lleva a vagar como un animal salvaje por los páramos bajo el orbayu, sintiéndose existente y fuerte, débil y henchido de visiones desprovistas, que iluminan y le golpean la superficie. Nocturnos para el solo, lumbres espantosas en su propia mente. El horror, sí, el que la selva de la vida le reveló, a la manera de Conrad.

Recordó

Ignacio Escañuela Romana

Fue en su último día allí cuando, inopinadamente, paseando, recordó. Oleadas de imágenes y vivencias, como puntos de su vida, un conjunto de momentos sólidos, le invadieron y, entonces, cayó en la nostalgia más desesperada. La decisión se mantendría: todo el tiempo destinado a estar allí se había agotado, sin más, pero esa voluntad no le privó de la sensación de perdida. No del lugar, sino del tiempo. Cada realidad existiría ya, hasta el final de sus días, en él: cada una de aquellas piedras, las luces ámbares en pequeños circulos alrededor de las farolas, los juegos de sombras en las calles desiertas, el sonido del viento mezclado con ecos apagados de voces y televisores de las casas.

Alzó la vista hacia el cielo. Raudas nubes bajas se encaminaban hacia el interior del valle, la humedad podía olerse, pronto la lluvia se adueñaría de carreteras y campos. Deseando sentir las gotas cayentes mojarle el rostro comprendió que no, ya no tenía esperanzas. Sin embargo, seguiría viviendo a la espera de nuevos milagros, experiencias reales. ¿Cuáles? No podía saberlo pero, a través del dolor suave y resignado, se encaminó hacia ellas.

Agrija

Ignacio Escañuela Romana

Me dijiste algo así, y esa voz me llegó hasta el centro de mis huesos, resonando, llamando a lo que me quedaba de consciente. Pero, claro, esas fuerzas, todas ellas, morales y amorales, ¿Dónde estaban?. Habría que comenzar, pero como una sombra del pasado de lo que yo habría sido si no… ¿Vuelta? Obvio, me dije. No es bueno, no, me repetiría. Mas, mientras, la agrija surgió y me rompió en dos, lentamente, mientras sentía la ruptura, el dolor, la pérdida en el espacio negro. Oscuridad y nada, todo apareció por la herida fina, incisiva, de mi mente.

Pero escuché, desde lejos y cerca, no es una tragedia. Repetidamente se me impuso la idea. No lo es, no. Ni siquiera me hiere de verás, observé. No es lo que esperaba. Así que eché a andar y esta vez, sí, empecé desde cero. Je ne regrette rien, grité al viento.

Viento del sur

Ignacio Escañuela Romana

Ven, ven viento sureño, bárreme por dentro esta noche, aquí en la colina más alta, mientras observo las luces de estrellas lejanas. Llévatelo todo, miedos y deseos, recuerdos y sensaciones, culpabilidad, ambiciones, identidad. Hazme volar, entonces, en esta noche, la más apasionante que pudiese existir, sin final, sin principio: yo, yo disuelto y la brisa cálida en su viaje hacia los campos meseteños castellanos.

Nada que añorar, sin remembranzas, apenas una brizna en el todo del universo, con el ostro como nostalgia de lo que nunca existirá. Sueños e ilusiones, barridos hacia el interior del altiplano.

Entonces volver a la casa de los sueños, en mitad del espacio vacío, bajo la oscuridad de una noche sin luna, mientras las estrellas me observan fríamente, compartiendo el instante, soplando a través de todo lo que me resta.

Vastos jardines de Cernuda, donde no sea ya ni memoria. Sólo ese soplo del viento, del sur, allí donde habitan los sueños, bajo la mirada de la eternidad.

Gimlet

Ignacio Escañuela Romana

A veces entro en un bar y espero encontrarme el Gimlet, de Marlowe, esperando aún en la mesa, entre nubes de tabaco, a Lennox. Decoración caoba, asientos, cabina sofás, forrados de cuero, lámparas de techo bajas, de luz ámbar. Al menos, así me lo imagino.

Quizá es el símbolo-imagen de todos los momentos que he ido dejando en mi vida, como les pasa un poco a todas las existencias humanas. Los eternos adioses que se convierten, después, de un modo que no logro comprender, en irrevocables. Bueno, en realidad, todo instante es eso.

Ningún resultado salvo, tal vez, descubrirse un poco a uno mismo, aunque lo que se vea no sea agradable, ni esperable. Dejar el campo de las falsedades para encontrarte y entender quién eres.

Escuché, entonces, los pasos quedos alejarse por el largo pasillo, esperando que volvería. Aunque, sí, yo también había dado el adiós cuando tenía sentido. Ahora sólo era la caricatura y el acto de contrición.

Sueño con vidas redondas y dotadas de sentido, donde cada hecho posea un significado verdadero y final para mí. Pero el espejo me devuelve un puzle de vivencias inconexas y contradictorias, y, francamente, no sé componerlo.

Pero, sí, ese adiós fue como el Gimlet. esperando el momento de una vuelta imposible. Cuando la despedida tuvo valor y, claro, fue morir un poco, tal y como me contó Chandler en sus libros.

Mortal

Ignacio Escañuela Romana

De repente aquel ser comprendió que tanto tiempo no le valía de nada. Absorto, frente a frente, ante la experiencia de aquel mortal, la brutal intensidad de la vivencia, la claridad de los colores, todo aquello que él apenas podía vislumbrar desde el otero de su sustancialidad.

Le observó y pudo leer en su cerebro. Capaz de adivinar la combinación de las sustancias, la brutalidad de las descargas eléctricas, se asombró ante aquellas percepciones y las luces deslumbrantes de aquellas olas tremebundas de sentimientos, que le hacían sacudirse internamente como si estuviese en una mar procelosa, nadando entre el maretazo.

Añoró. pues, quizá, la finitud, sin la que no podía obtener la vida.

Alcanzo

Ignacio Escañuela Romana

Lo que de verás me costó fue aceptar que ya no hay nada que añorar. Primero fue tener y después perder, y en cada uno de esos instantes sentí. Lo duro vino ahora, cuando comprendí y ya no eché de menos. Quedó, sí, un hueco extraño. Es donde habito.

Y, entonces, ahora, puedo pasear por los parques de antaño donde nos vimos, observar las estrellas que compartimos, aspirar los aires de la primavera que revive, la misma en que andamos juntos, las noches salvajes vividas, la contemplación de momentos eternos.

Ese poder me duele, porque recuerdo sí, a los poemas Dyckinson y me digo, de modo inesperado, si el mal existió alguna vez o fue todo una breve ilusión de mí mismo. Y dudo acerca de mi papel, no para los demás, sino para mí mismo.

No lo sé. No sé nada, la verdad. Pero paso junto a las avenidas compartidas y, sí, sin duda, ahora son solo mías. No, no echo de menos. Ahora alcanzo: llego a comprender que no entiendo nada.

Comenzar

Ignacio Escañuela Romana

Día 1, y digo ahora empiezo, vamos allá, esto es ánimo y valor. Me miro al espejo y saco músculo, voy bien. Me acuesto y me despierto entonces en ese día 2. Bueno, me siento paradójico, cómo era eso de ir y planificar, no me pregunto sino con voz queda y ronca mientras intento recordar cómo era el propósito. Bueno tiraré de cafés, a falta de esa fe. Apenas logro animarme por la mañana, que por la tarde busco la toalla que quisiera tirar al ring. Bueno un poco mejor por la noche, no voy, sin embargo, a mirarme los bíceps, dejémoslos. Me acuesto, un poco de música. Vamos allá, me digo, triunfando. Entonces llega el día 3, me levanto arrastrándome y miro con afán insalvable la cafetera. No me entiendo, no, la verdad. Creo que nado en la bruma, no me pregunto, no sé nada. No obstante, sigamos, lucharé hasta el final, me digo, Pero pienso, bueno quedan cuatro más hasta completar la semana. Va a ser que no, reflexiono. Lo siento, encojo mis hombros y, claro, me voy a pasear. La vida es así, me digo. Nadie es perfecto, no. Bueno no es una tragedia griega, es sólo la vida corriente, pienso. Y, entonces, echo a vagar …