Eutanasia

Ignacio Escañuela Romana. 13/05/2019.

La eutanasia en sus vertientes legal y ética es objeto de un intenso debate en España. Entre las muchas reflexiones sobre la eutanasia. se dio en prensa hace unos años un debate sobre este tema, entre personas de amplia cultura y capacidad de discutir racionalmente un tema. Extracto a continuación el debate:

«Mi opinión es que ninguna de estas, tres clases de eutanasia es éticamente correcta, porque, en sí, al margen de las responsabilidades subjetivas, el suicidio y el homicidio son siempre acciones intrínsecamente malas. Wittgenstein, a pesar de haber tenido en su vida momentos de perdición e indignidad en los que llegó a pensar en el suicidio, afirma que el suicidio -al que, en el mejor de los casos, se contrae la eutanasia- es la acción inmoral por antonomasia, pues en ella el hombre se reduce a la condición de objeto del. instinto. Y Kant, al que Peces-Barba recurre con frecuencia, juzga al suicida como un monstruo, negando que haya algún fin que justifique el suicidio. Yo no comparto, desde luego, el calificativo que Kant. adjudica al suicida porque pienso que el que llega a la decisión de quitarse la vida es digno de compasión. Pero comprender a la persona que incurre en error no es lo mismo que justificar la acción errónea. Por lo tanto, entiendo que la despenalización de la eutanasia no, es ética y menos lo es su legalización. La tolerancia del mal no puede llegara lo que conculca los derechos fundamentales del hombre.» RAFAEL TERMES, 4/12/95.

Se ve que la base es kantiana: no somos libres para disponer de nuestra vida, porque supone utilizarnos a nosotros mismos como medio para lograr un objetivo o interés. Mucho menos podemos pedir a otra persona que asista, ya que supone tratarla como un instrumento para un objetivo mío. Pero la ética kantiana defiende siempre que tratemos a todos, y a nosotros mismos, como fines en sí mismos.

Rafael Termes añadió: «Pero, en se gundo lugar, es más que verosímil sospechar que tras la «compasión» invocada puede ocultar se el propósito egoísta de liberar se de las molestias que ocasiona el enfermo o simplemente el viejo. De hecho, en los países en que está legalizada la eutanasia voluntaria son frecuentes los casos en los que se ha causado la muerte sin el consentimiento del enfermo e incluso en contra de su voluntad, lo que crea un estado de angustia entre la gente de avanzada edad, por el temor de que, en cualquier momento, puedan ser eliminadas para evitar las molestias que ocasionan a su alrededor».

Segundo argumento contrario: ¿cómo asegurarnos de que el consentimiento es realmente libre y la persona ha tenido todas las opciones y ninguna presión?.

Por contra, Peces Barbas defendía la eutanasia. «La vida que se protege es la vida humana, con todas las dimensiones, en que ésta se desarrolla, vinculadas a la salud que es condición para que los rasgos de la condición humana sean reales y efectivos. Por eso uno de los derechos claves es el de la protección de la salud que nos permite ser personas, en el sentido pleno del término: elegir, comunicarnos, construir conceptos generales». Para defender tales derechos, este autor acude a Stuart Mill: si una persona no molesta a otras y actúa según el propio criterio e inclinaciones «en cosas que sólo a él atañen», entonces debe haber libertad legal y social. Oponiendo a Stuart Mill a Kant: ser libre implica que nadie pida que no se sea libre, ni uno mismo.

En consecuencia, el argumento aducido por Peces Barbas: somos libres de actuar si no dañamos a otros, y el derecho a la vida es derecho a la vida digna, saludable, con todas las propiedades que consideramos vida humana. Ver si hay vida igna, clave para modular el derecho a la vida.

En consecuencia, Peces Barbas articula derechos en función de objetivos y resultados. En oposición a la ética kantiana desinteresada. 

¿Pueden extenderse estos fundamentos?. ¿Es necesario profundizar en las consecuencias?.

Referencias.

James Fieser. Applied Ethics: A Sourcebook

https://elpais.com/diario/1995/12/04/opinion/818031606_850215.html

ABC, 16/09/1995

Ius cogens

Ignacio Escañuela Romana.

Artículo 53 de la Convención de Viena sobre Derecho de los Tratados: define el Ius Cogens como el conjunto de normas imperativas de derecho internacional general, establecidas por la comunidad internacional de Estados en su conjunto. Las normas de ius cogens no pueden ser derogadas, salvo por otra norma del mismo rango. Cualquier tratado internacional contrario a una norma de ius cogens es nulo. (http://www.iuscogensinternacional.com/p/que-es-el-ius-cogens.html).

Por lo tanto, son obligaciones que, por ser ius cogens, reúnen tres características:
– Obligan a todos sin excepción.
– Se contraen ante todos los demás.
– Incorporan valores esenciales para la comunidad internacional, protegen derechos esenciales.

Nadie puede salirse de su cumplimiento. La defensa de los dirigentes alemanes en los juicios de Nüremberg fue afirmar que la ley alemana les facultaba para hacer lo que hicieron. Es decir, que los crímenes contra la guerra y contra la humanidad no serían tales crímenes si había leyes nacionales que no los reconociesen como tal. 

Eichmann: «Once again I would stress that I am guilty of having been obedient, having subordinated myself to my official duties and the obligations of war service and my oath of allegiance and my oath of office, and in addition, once the war started, there was also martial law. . . . I did not persecute Jews with avidity and passion. That is what the government did» (https://rationalwiki.org/wiki/Nuremberg_defense).

Frente a la defensa del seguimiento de una legalidad vigente, o unos órganos jerárquicos, los juicios de Nüremberg establecieron con claridad que hay Derechos que no pueden ser conculcados por ninguna ley positiva, porque se refieren a una ley natural preexistente. Algo que ata a todas las personas y Estados por igual.

«The Nuremberg trials established that all of humanity would be guarded by an international legal shield and that even a Head of State would be held criminally responsible and punished for aggression and Crimes Against Humanity. The right of humanitarian intervention to put a stop to Crimes Against Humanity – even by a sovereign against his own citizens – gradually emerged from the Nuremberg principles affirmed by the United Nations» (https://www.roberthjackson.org/speech-and-writing/the-influence-of-the-nuremberg-trial-on-international-criminal-law/).

Por ejemplo, la prohibición universal de racismo, de genocidio, de tortura, de colocar como objetivo de acciones militares a la población civil, etc.

Son normas cuyo fundamento moral es tan fuerte que se aplican con universalidad frente a todos y todas. Tiene efecto erga omnes. No pueden ser derogadas por derecho positivo o dispositivo.

Por ejemplo, en reciente sentencia la Corte Penal Internacional ha condenado por violación y asesinato como crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, y de pillaje como crimen de guerra. Con este pronunciamiento la CPI confirma que está llamada a convertirse en un actor fundamental en la lucha contra la violencia sexual, siguiendo la estela marcada por los tribunales penales internacionales ad hoc.

Siendo no dispositiva, el hecho de que un Estado lo incumpla, no permite a otros Estados incumplirlo. Es decir, son Derechos fundamentales que no pueden hacerse depender del cumplimiento mutuo. Existen aunque las obligaciones sean incumplidas por alguien. No dependen de un pacto de ejercicio.

La responsabilidad por el incumplimiento comporta sanciones que se imponen sobre el Estado y sobre las personas. El Secretario General de NU en su visión de conjunto de las labores de la CDI relativas al Proyecto de Principios y de Delitos de 1950, señaló que los delitos contemplados en el proyecto referido implicaban tanto responsabilidad por acto de Estado como responsabilidad individual. Expresamente señaló: “La responsabilité del État est la responsabilité individuelle des membres du Gouvernement” (http://www.corteidh.or.cr/tablas/31463.pdf).

El positivismo jurídico rechaza la existencia del ius cogens, en base a que las únicas obligaciones jurídicas reales son las dictadas por cada Estado en el ámbito de su territorio. Ahora bien, la corrección de la tesis de existencia del ius cogens puede tomarse de Habermas:

«Sigamos a Alexy, quien aplica la teoría del discurso de Habermas a su teoría de la argumentación. Este último filósofo sostiene que todo hablante tiene una pretensión de validez que se expresa mediante actos de habla: a) constatativos (cuando se pretende tener la verdad); b) regulativos (se dan cuando se sostiene que lo mandado o exigido es correcto) y c) representativos (cuando hay sinceridad). Podemos apreciar que los sostenedores del ius cogens, tanto los que favorecían un artículo en la Convención de Viena, como los que se oponían a esa inclusión, se expresaron con actos de habla constatativos, pues pretendieron que sus enunciados eran verdaderos; también actuaron convencidos de la existencia de normas imperativas no derogables por acuerdos particulares, por lo que sus actos de habla regulativos manifestaron que lo mandado por las normas ius cogens es siempre correcto, y fueron igualmente representativos por la sinceridad de sus posiciones.

Si bien tenemos que expresar dudas sobre lo afirmado por Habermas en el sentido de que la verdad y la corrección de las proposiciones depende del consenso, en el caso de la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados entre Estados, el consenso logrado mayoritariamente es claro indicio de la corrección del resultado logrado.» (http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-46542010000100001).

En este sentido es el mismo acuerdo de la comunidad internacional el que confiere carta de obligatoriedad indudable al derecho que recoge los intereses fundamentales de la Comunidad internacional y de las personas, todas y cada una.

Aquel momento

Ignacio Escañuela Romana

Aquel instante que será mi último recuerdo, que se evaporará en el tiempo sólo cuando yo no esté. La sensación de frío y soledad en medio de una nada, como otras tantas, con la que me continúo despertando día tras día. La noche que me reveló lo que sabía bien dentro de mí, la ausencia, de todo, de cualquiera, de mí mismo.

Sólo queda, pues, el hondo estremecimiento momentáneo, en mitad del conato que sigue persistiendo, obstinado; la estupefacción, el fluir en la mirada, las estrellas observando, el hueco interior incolmable.

Un acorde

Ignacio Escañuela Romana

Quizá haya un acorde ignoto, la lengua con la que se creó todo. Tal vez si uno pudiese tocarla, entonces las esferas se moverían tal y como se desease en ese instante. Es posible que esa poesía y la lengua primordial la hayamos olvidado. Pero es probable que no nos pertenezcan, que sean inasibles para el hombre, que no podamos conseguirlas, que todo lo compongamos a nuestra imagen y semejanza, con las virtudes a nuestra disposición y los vicios que nos persiguen. El cielo y el infierno de Khayyam.

Pero, a veces, lo he atisbado en algunos poemas y algunos cantos. He elevado la vista a los cielos y lo he escuchado, sin comprenderlo, como una música de la belleza. En algunos ojos al esconderse, también, y en el viento cuando sopla del norte, pero también el poniente y el levante, levantando oleadas de humedad o de polvo. Cuando el sol reina y la chicharra toca, mas también cuando la nieve cubrió mis hombros y vi las estrellas en una noche clara del norte, ellas y yo solos, en un diálogo eterno que me aterró hasta lo más hondo. Una mirada, en esa penumbra que nos envolvía, el primer roce sentido, suave e intencional, la piel. El beso que jamás he llegado a entender, que acude a mi memoria en las mañanas de insomnio.

Tal vez, sí, supimos una vez del acorde, de la rapsodia recóndita, del soplo que levantó este universo. Oculto para nosotros, que ahora nos afanamos en construir mundos que son solo un otro igual al nosotros, que no nos satisfacen.

Imagino, más tarde, un tiempo nuevo de esperanzas, justo cuando deambulo por los sueños, por una boira inacabable en la selva cerrada, al despertar y encontrarme dormido en mí mismo, pero en mitad del universo.

Entonces, recito, quisiera hablar en la lengua, pero sé que sólo soy un hombre. Quizá vislumbro la eternidad mayestática. Tal vez escucho el rumor lejano de las olas que estremecen lo existente. Temo, sin embargo, que conforme ando y observo, todo se me escapa, absconditus.

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Huecos y palabras, ausencias

Ignacio Escañuela Romana

Leo, leo y releo y vuelta a empezar. Me bailan las citas extrañas, como el hueco y la vaciedad que viviese Marlowe en el Largo Adiós: como el espacio entre las estrellas. De pronto, de un modo inverosímil, Alberti: porque tenía una ciudad dentro y la perdió sin combate, y le perdieron. Sí: ahora «solo, en el filo del mundo». Me salta la cabeza en otro giro inverosímil y recuerdo a los que mueren y resucitan juntos, de Dylan. Claro, por algo Blas de Otero nos habla de la voz del hombre en el vacío inerte, por el silencio de Dios, mientras alrededoriza en la vida. Quizá entonces retornar a un tiempo sin milagros, a esbozar recuerdos cansados y costumbres fingidas, del que vuelve del Solaris de Lem. La veloz saeta de Góngora mientras la pesadilla me asalta, en noches solares de Pizarnik, creyendo oír el terrible canto del cárabo nocturno de Delibes, hecho ahora pájaros estrellantes de Lem.

Tengo que reconocer que las ideas se me agolpan a veces entre las lecturas. Sinceramente, a veces paseo y pienso en la razón por la que existimos y no estamos, o mejor no-estamos, en el no ser. Leibniz, claro. Bueno, Heidegger. Y recuerdo el ser metamórfico de Kafka y sus meditaciones tranquilas con el objeto de no actuar, esa caña valiosa de Pascal, pero que tronchada, lo que es inevitable, ya no es nada.

Despertaremos, dice Lao-Tse, y todo habrá sido un sueño. Pero esto no lo entiendo: sueño con los tormentos de Miguel Servet y la lucha del mosquito Castalión narrada por Zweig, destinada al fracaso: contra el elefante totalitario. Vine, vi y vencí de César no es efectivo, aunque la Guerra narrada por él merece ser leída.

Creo que sí, que es cierto que el hombre está hecho para la libertad, como le sucede al superviviente del campo de concentración de Grossman, y que el viejo pescador no nació para la derrota, afanándose contra todo para traer una triste espina, tal y como nos cuenta Hemingway; y que Mio Cid logró conservar su barba luenga, como intacto el honor.

Cantemos los cantos de alabanza a Aquiles y al Stephen que recorre la playa en una sinfonía de lo visible y lo audible, mientras va chascando conchas y fucus, en la oda de Joyce. Homero, quien no se atrevió a transcribir los cantos de las sirenas por miedo a que el lector/ oyente fuese atrapado. ¿O es la misma Odisea el canto transpuesto en papel de las sirenas?. Ulises llora entonces, por la perdida inmortalidad junto al amor, al verse obligado a partir por su consciencia.

Todo y nada, una vez inventada la palabra, con la que Gilgamesh se pregunta por la muerte, pero el Quijote la transciende con el valor aparente: acepta retirarse ante circunstancias insuperables, ordenando a Sancho que jamás cuente a nadie ese deshonor. El panadero de Carver. Pero antes, cuando el mundo era mundo y las palabras hubo que inventarlas, pero la estirpe ya era solitaria, destinada al exterminio, en García Márquez.

No me arrepiento de lo que he hecho, sólo de lo que no he hecho, nos dice Byron. Despertar a la serpiente: no deberíamos, le susurró Shelley. Y, no obstante, trajeron a Prometeo a la modernidad, atrayendo la ira de los dioses, en una temible noche que condujo a Mary Shelley a escribir. Me arrepiento, entonces, de lo que no he recordado aquí, de los sueños no transcritos, de los libros que me asaltan en mi mente y no he apuntado. También de los no leídos.

En fin, si los libros fueron sueños, quizá yo sea en realidad renglones en una novela, quizá un pie de página perdido. Tal vez todas las vidas sean esas hojas dispersas y recogidas al final de la novela de Eco, retazos de lo que pudo ser un orden de escritura, entre tantos posibles, en el temible silencio de los espacios de Pascal.

Me despido, apropiándome las palabras de Shakespeare: si yo, sombra insustancial os he ofendido, pensad que os quedasteis dormidos y yo sólo soy vuestro sueño. Disculpadme, pues.

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El último

Ignacio Escañuela Romana

El último filósofo se levantará esa mañana titubeante, hará arder su café para sentirlo, observará las primeras luces del amanecer y entonces…

Sí, sólo quedarán breves comentarios inteligentes, ergotizando, sobre detalles triviales del todo conocidos. Sin dudas, sin problemas ni angustias, ese hombre se sienta todas sus mañanas a calcular lo pensado, analizar lo reducido, sintetizar conceptos sincategoremáticos. Poco a poco, lentamente, incluso los detalles del alba han tomado la tonalidad grisácea de una ligera, insustancial, boira. 

Sin embargo, por debajo de la superficie calma, una fuerte corriente le domina, una sensación persistente de la que apenas es totalmente consciente. Añora aquella época en la que el hombre, él, era mortal y la duda le devoraba el corazón. La sensación del vértigo del error. Recuerda aún cuando, siendo joven, sentía la llamada heraclítea, investígate a ti mismo.

Observa, mientras siente el sabor, amargo y terroso, deslizarse por su boca, su biblioteca desfasada, pendiente de una transmisión obsoleta hacia un cerebro que pensaba a través de una sucesión compleja y podía, debía, equivocarse. Cuando uno se veía obligado a seguir cadenas conceptuales y encontraba un cierto goce en hacerlo hasta el final.

Sí, recuerda, la filosofía habría buscado la esencia de los seres, la permanencia o el cambio, la ley, la función que explique y prediga, los entes conceptuales que den razón de todo lo expresable. Desde un sujeto innovador, habría tratado de profundizar hasta la verdad del propio escenario de la percepción. En fin, habría planteado la historia humana y su valor, junto con la certeza del poder transformador que adquirimos haciéndolo. Un deber universal, para todos y todo lugar. 

Pero, se dice, como había ido repitiendo en estos años de paso, se habría alcanzado la anhelada teoría del todo, la ecuación única que daría razón de todo lo pasado y futuro, incluyéndolo en las regularidades que explican. Ya no quedarían incógnitas, disueltas por una teoría abarcadora de lo más general y lo más específico, alcanzando a completar la comprensión de toda conducta y pensamiento humano, de todas sus motivaciones y estructuras, piensa. No quedaría nada recóndito, ninguna incertidumbre fundamental, tan sólo detalles y glosar las múltiples ramificaciones de las deducciones de esta teoría.

En definitiva, afirma en voz alta, para sí mismo, vivimos bajo un tremendo resplandor. Al preverlo todo, lo aplicamos para alcanzar la ansiada inmortalidad. No precisamos hogueras para el resto de libros ya escritos en una historia de intentos fracasados total o parcialmente. Los leen historiadores, pero no aportan nada pues el futuro está escrito y el pasado es una predicción más. Todo lo sucedido no es más que la necesidad de esa única ecuación. Recuerdos, entonces, curiosos de familia, que vemos en los ratos ociosos, que repasamos para construir una historia que, en verdad, es conocida eternamente.

Quedan, pues, las mañanas anhelantes tras las certezas huyentes. El deseo enfrentado a la realidad. Esa propia angustia que la verdad reduce. Un odio ferviente hacia la visión sub specie aeternitatis.

Observa el libro sobre la mesa, entre los lomos una única página con la ecuación que todo lo contempla. Deja sobre él el café y busca el olvido.

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Porque

Ignacio Escañuela Romana

Porque me miré una mañana en el espejo y pensé. Me observé al pasar y no me vi. Me desperté y dudé. Leí para no recordar. Me iluminé bajo luces falsas de neón como si fuesen el sol. Comí y quise no persistir. Reí en el hueco del vacío sobre vacilaciones. Me llegaron los rumores del viento y oteé atardeceres. Recité el poema y callé perplejo. Respiré y llamaradas heladas cruzaron por mi cerebro.

Porque escribí estas palabras, miré al través de la ventana, soñé.

Tendido allí

Ignacio Escañuela Romana

No había querido volver, mas lo hice. Recorrí el callejón envuelto en el viento norteño, el que siempre nos acogió. – No, no quiero retornar- me dije. – Porque sé que me olvidaste y, después, borraste el recuerdo de mi no existencia, para dejar un hueco de nada-

Sentí la tiritona, la sangre manando por las arterias, impulsando. Mientras, observé las nubes oscuras pasando raudas hacia el interior, buscando la sierra para descargar.

Ahora sé que sí, que el pasaje aparenta existir, pero ya no está. He repetido los pasos de tantos, antes y después, y me he olvidado de mí mismo. Sin sentir nada, tengo ante mí la revuelta que conduce hacia los escalones.

Lloro. No por ti, ni por mí, sino porque estoy helado. He desesperado de la época de los milagros. Pero sé que allí, tendido, está invisible el futuro perdido, lo que ya nunca podrá ser.

La lejanía

Ignacio Escañuela Romana

Me volví, sin ninguna esperanza. En una tarde más, como otras muchas, en los días que pasaban. Momentos, vivir. Sentí el peso de los días recorridos con el viento, el polvo levantado de los caminos, el sol surcando el horizonte, en el asombro de estar, ser.

Ahora, esa tarde añadida yace allí, en un instante más, en la memoria.

Asciendo la cuesta y pienso, sí, quedamente. En medio de la torrentera de Heráclito. He comprendido que caí esa tarde y estoy ahora en lo que queda. Apenas pequeños reflejos huyentes en el agua. Que, sí, ríe como un niño que juega. Mientras, la lejanía me observa y yo sólo puedo narrar y sentir.

No circulares

Ignacio Escañuela Romana

Imagino que las vidas deberían quedar completas, como una unión entre el principio y final, o como una conclusión que se sigue a los hechos vividos. Algo usual en literatura y cine. García Márquez gustaba de dar conclusión a sus historias, llegar a algún sitio simplemente, obtener algún mensaje o sentido. Bueno, entender el problema de una culpabilidad mal diseñada, y de cómo los personajes terminan riéndose del resultado de la muerte de un otro, esto me costó una pequeña depresión al leer esta novela de ese autor. Una muerte anunciada salvo para el asesinado, en bano (banal). Simplemente porque pienso que el tiempo, y, sobre todo, lo que somos como personas, ese conjunto complejo, tiende a comportarse de este modo. Ya Hegel apuntaba a la razón histórica, que se reiría de la conductas éticas y sacaría provecho de todo, especialmente de lo aparentemente malo.

No obstante, mi impresión es justo la contraria, que las vidas humanas quedan inconclusas y que los sentidos los construimos nosotros. Literalmente, los inventamos. Bueno, en todo caso, pertenezco a esa tipología humana que no es capaz de anudar conclusiones y a la que los sentidos le parecen, lo percibo, como otra galaxia lejana.

Todas las historias de bien y mal, o héroes y villanos, o culpabilidad para renacer o, simplemente, para purgarla, bien: todo ello me resulta una filfa. No he encontrado jamás que el tiempo lo ponga todo en su sitio. Más bien al contrario, trastoca todo lo que tenía su lugar y deja instalado al sinsentido. Aunque, lo reconozco, admiro la integridad de un Marlowe en su búsqueda de la verdad.

Supongo que es una visión pesimista de la vida, como el psicólogo transmite al padre en la película Gente Corriente. Sí me parece estar seguro de que no lograré ya alcanzar conclusiones finales. Ni siquiera intermedias. Pienso que el azar interviene, sin quitarle importancia a nuestras decisiones. Pero, a menudo, no hay ámbito de posibilidades, el Día de la Marmota está bien porque la repetición es aceptable. Pero, ¿es posible soportar levantarte una y otra vez en un bombardeo de la Guerra Mundial?

A veces pienso en todos esos primeros amores que quedaron grabados y superaron las experiencias de los siguientes, como en la historia final de Dublineses, James Joyce. Es cierto que no tiendo a sentir esa conclusión del personaje de Los Muertos: «Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida». Pero sí que la vida consume, claro. Lo que sucede es que el conato de Spinoza, o de Tomás, nos impulsa hacia adelante, en la búsqueda de la eternidad.

Imagino esa flor en mitad del desierto, que pasa desapercibida para los demás, de la que nos habla Los Búfalos de Durham (por cierto, fantástica película). En El Principito se nos dice que la rosa de su planeta es especial porque la riega y cuida. Creo que tiene razón en esto. Pero incluso en la soledad más absoluta, en mitad de las dunas y en el silencio silbante del viento y del roce de las arenas, la fragancia es valiosa como un hecho. Creo que esto, es cierto, he llegado a comprenderlo. El sentido no lo dan los demás, ni siquiera yo, sino la existencia y la valentía en ella. Recordar, pues, a Jünger, porque el valor es un desorden del ser. Hay algo en la derrota humana que le da grandeza. O, al menos, esto quiero pensar.