Certidumbre.

Certidumbre.
Ignacio Escañuela Romana.

Un escalofrío le recorre la piel hasta sentirlo en el cerebro, intensamente. Una certidumbre. Un súbito estremecimiento como si una campana enorme resonase dentro del corazón, removiendo cada parte de su ser, disponiendo toda su sensibilidad.

Mira la calleja oscura, flanqueada por sólidos edificios de seis plantas del mismo estilo, primera mitad del siglo XX, uniformes hasta lo que llega la vista en las penumbras de esa calle. Farolas de una mortecina luz blanca, débiles lámparas luchando por iluminar la noche urbana. En la esquina derecha de la entrada de la calle, un grupo de jóvenes con camisas a cuadros, pantalones cortos o bañadores largos, camisetas a tirantas, chanclas, algunos de pie y otro en cuclillas, hablan entre ellos, animadamente, de negocios o mujeres, o los líos que han tenido y cómo salieron victoriosos. Los observa brevemente desde la plaza que da a esa calleja.

Sueña con una calle oscura de una ciudad incógnita, de edificios con fachadas manchadas de contaminación, donde entra en un hostal, a la izquierda, tres portales tras entrar desde una plaza, no sabe muy bien para qué ha venido a dormir allí pero sí que hay un propósito al día siguiente. Se identifica, recoge la llave y sube el rellano y la escalera hasta la primera planta. Oscuro y sombrío, diría que la droga resuma por las paredes, tuerce a la derecha, avanza por el pasillo enmoquetado, lámparas amarillas a ambos lados, un par de sillas de exposición, sucios empapelados en las paredes. Ahora, abre la puerta y una prostituta se le echa encima diciendo algo incomprensible, pegándosele. Retrocede un paso poniendo el brazo por medio, no ha venido a eso. De repente, pelea en tumulto en el extremo del pasillo, gritos confusos y palabrotas de, al menos, cuatro hombres peleando enganchados. Estampidos con rayos de luz resonando, siente un fuerte golpe que le levanta y le tira. Un nubarrón negro pasa por su cerebro. Mira confusamente, se toca el costado, levanta una mano roja que gotea. Después fundido al negro.

De pie, mirando la entrada de la calle desde la plaza, sopesa. Entrar o no. Duda.

Gira a la izquierda y toma la avenida que baja, anda rápidamente hasta encontrar un hotel abierto. Entra, se inscribe, hay afortunadamente sitio libre. En la habitación, alargada, las ventanas de amplias cortinas dan a la avenida llena de tráfico, cama funcional, mini cuarto de baño. Se ducha y cae rendido en la cama. Quizá sea absurdo lo que ha hecho, mas no duda tampoco ahora.

Termina a las doce y media la entrevista prefijada para la que vino. Todo, cree, ha ido bien. En todo caso, un problema menos. Toma el metro y va distraído, sintiéndose liberado y bien. El alivio de haber terminado. Se baja en la estación de tren y debe esperar unas horas a la salida para su ciudad. Ya le dirán el resultado. Bueno, ya está hecho.

En la estación compra el periódico, comprueba la hora y el billete, el andén, por dónde pasar y, entonces, se sienta a comer en uno de los lugares de comida estándar, igual a otros tantos en tantas ciudades del mundo. Comida enlatada con sabores dudosos. Come los pinchos y lee distraídamente el periódico. Queda paralizado en la página 23. Tiroteo en una pensión, traficantes de droga se balean, muerte de una mujer de mediana edad que esperaba en el pasillo.

Hibris.

Ignacio Escañuela Romana.

Artículo publicado en Rebelión:

https://rebelion.org/hibris/

En la tragedia griega los males del hombre proceden siempre de su soberbia. Justo en lo más alto del intento de saltar por encima de sus límites, cuando se cree victorioso, es derribado para padecer el castigo más cruel. Prometeo, quien tuvo el atrevimiento de regalar a los hombres la ciencia fue, por esta grandeza, y como pena, condenado a que el águila devore su hígado hasta la eternidad, en atroz suplicio.
Son la ciencia, y su hermana la técnica, las que han conducido a la humanidad a la sensación de poder y al anhelo de lograr esa ansiada inmortalidad, sueño de todas y cada una de las personas que han vivido y vivirán. La transformación de la naturaleza nos ha permitido dominar enfermedades y burlarnos del hambre (haciendo más cruel la enfermedad y la pobreza para partes todavía considerables de esa misma humanidad, como signo de nuestra propia inhumanidad). Hemos eliminado padecimientos, modificado las fuerzas del mundo que nos rodea, domeñado la necesidad, acorralado y extinguido innumerables especies, cambiado el clima global de nuestro planeta. Nada parece imposible, más tampoco bastante.
El hombre moderno es un Prometeo desencadenado que se siente destinado al dominio completo de la naturaleza a la que, quiera o no, pertenece, pero respecto de la que se considera ahora superior. Para lograrlo está dispuesto a modificar su propia identidad, atreviéndose a cambios en su genética que le impidan tener enfermedades y envejecer. La ciencia encara el sueño de la eternidad.
El fuego con el que alumbra el camino es esa combinación de ciencia y técnica frente a la que valores y éticas se han inclinado. Ningún límite, ni siquiera lo que pone en riesgo su propia supervivencia. Pues… ya encontraremos una solución, una nueva aplicación, un nuevo instrumento. Si hay demasiado CO2 lo mejor será atraparlo y con nuevas patologías inventaremos nuevos métodos para controlarlas, aunque sea pagando por enfermedad y remedio simultáneamente. Imposible creer que sea nuestra red la que, como a un Agamenón moderno, nos atrape y nos haga ahogarnos. Frankenstein nos enfrenta a la creación de la vida por la ciencia humana, generando finalmente el horror presentido.
Hay grandeza en el hombre, pero también desesperación y caída. El destino aguarda, claro, aunque es el resultado de todas las decisiones previas que tomamos y, después, incluso a nosotros nos repugnan. Las reglas de la naturaleza y su arbitrio están ahí enfrente: esperando pacientes, quizá. Puede ser que el palacio sea de papel, como en la canción de Nacho Vegas, y en él sea preciso resistir al huracán como sea.
Ha bastado un pequeño fragmento, que necesita a otro ser incluso para reproducirse, que no respira ni piensa, que no tiene pretensiones, que quizá no pueda ser considerado como vivo, cuya cualidad es simplemente ser y estar paciente para lograr multiplicarse. Tal vez, al final, sea porque hay más virus en la Tierra que estrellas en el universo. Ha sido suficiente con ese virus de extraño nombre, covid-19, sinónimo de veneno para el hombre, pero no para sí
mismo, para enseñarnos cuán débil es el hombre. Tan domeñable como todos los demás seres vivos que vinieron antes y vendrán después. La ciencia resulta ser un instrumento inmensamente valioso, pero no completo.
Al final, somos una caña pensante de Pascal que, a sensu contrario, piensa y es consciente y, por ello, es grande y magnífica, se alza bien alto y otea el horizonte, observándose a sí misma y a las demás. Pero cualquier viento, por nimio que sea, puede doblegarla. Tanto más cuanto más alta consiga ser.