Comenzar

Ignacio Escañuela Romana

Día 1, y digo ahora empiezo, vamos allá, esto es ánimo y valor. Me miro al espejo y saco músculo, voy bien. Me acuesto y me despierto entonces en ese día 2. Bueno, me siento paradójico, cómo era eso de ir y planificar, no me pregunto sino con voz queda y ronca mientras intento recordar cómo era el propósito. Bueno tiraré de cafés, a falta de esa fe. Apenas logro animarme por la mañana, que por la tarde busco la toalla que quisiera tirar al ring. Bueno un poco mejor por la noche, no voy, sin embargo, a mirarme los bíceps, dejémoslos. Me acuesto, un poco de música. Vamos allá, me digo, triunfando. Entonces llega el día 3, me levanto arrastrándome y miro con afán insalvable la cafetera. No me entiendo, no, la verdad. Creo que nado en la bruma, no me pregunto, no sé nada. No obstante, sigamos, lucharé hasta el final, me digo, Pero pienso, bueno quedan cuatro más hasta completar la semana. Va a ser que no, reflexiono. Lo siento, encojo mis hombros y, claro, me voy a pasear. La vida es así, me digo. Nadie es perfecto, no. Bueno no es una tragedia griega, es sólo la vida corriente, pienso. Y, entonces, echo a vagar …

Saber

Ignacio Escañuela Romana

Nada más doloroso que saber.

Creo que la primera experiencia que poseemos es la consciencia de la existencia, cuando nos reconocemos en el espejo y, de modo inexplicado, adquirimos ese yo que nos acompañará en toda vivencia.

Tras ella, el conocimiento de que somos diferentes, de que estamos alejados de las cosas. Es lo que muchos filósofos han descrito como una ruptura fundamental, una separación dolorosa. Quisiéramos volver a la unidad previa, integrarnos en la totalidad, pero esto no nos es posible. La consciencia es, entonces, el milagro de una unidad y sus fenómenos, y el dolor de estar apartados y esa soledad.

Reflexiono: la libertad nos es querida, pero también quema.

Y entonces …

Ignacio Escañuela Romana

… queda la tarea siempre inacabada, la victoria elusiva, las horas perdidas sin remedio, el alejamiento de uno mismo, la cerrazón y el pliegue a lo que se espera, limitado por lo que valdría la pena, lo que miras en el cristal, la pérdida a veces irreconocible para uno mismo.

Tratar de equilibrar, intentar medir y balancear, esperar el nuevo momento para no reconocer, soñar para no despertar…

Entonces llega, sí, el instante en que la verdad te alcanza y, ella, ahí, operando, componiendo tu imagen ante ti mismo, como una brisa que arrastra a la memoria para llegar a la playa donde el dolor pulsante te hace mirar a las olas y, decides, das el primer paso. «Nada está perdido si…» (Cortazar): ¡claro!

Sientes la brisa en tu pelo, el rumor de la montaña en los oídos, las larga ondas de agua que van rompiendo. Aspiras, llenas el pecho, de ese aire. El dolor continúa, pero estás vivo.

Tristeza

Ignacio Escañuela Romana

Sí, tristeza, no por las experiencias vividas, las decisiones tomadas, sino por todo aquello que no hice, los mundos que no conoceré, los tiempos que están más allá de mi alcance, los conocimientos paradójicos que me dejan dudas, la falta de un significado claro, la sensación de ser un producto de algo desconocido, la absoluta ignorancia por la razón de existir, la sensación no menor de estar perdido en un yo incomprensible, el deseo de vivir algo nuevo que nunca se cumple, las esperanzas perdidas respecto a mí mismo.

Me siento, entonces, en esta orilla de los mundos cósmicos, observo las estrellas y galaxias que se asoman en su absoluta lejanía y grandeza, y suspiro por la repetición del drama incomprensible. Los intentos del hombre de comprender el mundo a su imagen, de dotar de sentido a los hechos que, sí, en su absoluta existencia deben reír quedamente. La imposibilidad del hombre, en fin, para el encuentro consigo mismo, con esa identidad inasible.

Sé que «en todos los hombres reviven antiguos tormentos» (Lem), en una tragedia que deja a la totalidad indiferente. No, sí estoy de acuerdo, «nunca más me daré por entero a nada ni a nadie» (Lem). El viento nocturno agita suavemente mis cabellos.

Me adentré

Ignacio Escañuela Romana

Entré en la noche ardiente, sentí las llamas formarme. Ahora estoy aquí, sentado, pensativo, observando las luces que me rodean, blancas y, a veces, azules, reflexionando sobre el pasado convertido en nada, el viento solar barriente. No, no echo nada de menos, prefiero este presente instantáneo en las llamaradas horripilantes. No anhelo el tiempo y las dudas, las sombras y los colores alternantes, la oscuridad de mi alma, los errores. He comprendido, sí, que pertenezco a este aquí y ahora como vientos fulgurantes intensos. He aceptado, entonces.

Viejo mundo

Ignacio Escañuela Romana.

29 de octubre de 2018.

Camarón nos dice en su cante Viejo Mundo: «El mundo, un grano de polvo en el espacio». Claro, las Rubbaiyat y lo efímero del mundo y de la existencia humana. Una poderosa reflexión que nos termina alcanzando: «Cuando muera, ¿no seré como Enkidu? El espanto ha entrado en mi vientre . Temeroso de la muerte , recorro sin tino el llano», dice Gilgamesh en el primer libro registrado, en la epopeya de Gilgamesh.

La literatura nació como una reflexión de la muerte como realidad humana. La filosofía como mirarse es el olvido irremediable, en el hecho de que toda la información generada se perderá en el tiempo.

Frente al temor de la muerte, la filosofía helenística dio algunos consejos, para procurar una vida feliz. «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada en relación a nosotros. Porque todo bien y todo mal está en la sensación; ahora bien, la muerte es privación de sensación» (Carta a Meneceo). La muerte no produce temor, dice Epicuro, porque cuando llega perdemos toda percepción.

«¿Qué es la muerte? (…) es obra de la naturaleza. Y si alguien teme la acción de la naturaleza, es un chiquillo. Pero no sólo es la muerte acción de la naturaleza, sino también acción útil a la naturaleza», dice Marco Aurelio en sus Meditaciones.

Sin embargo, ceñuda, la muerte, el olvido, el suceder, se nos imponen, más allá de nuestras preparaciones racionales. «Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza», reflexiona Luis Cernuda. En algo que Joseph Conrad describió como la línea de sombra, cuando sabes que no volverás más a hacer esto o aquello, a ser de tal o cual forma.

De la misma forma, la literatura recoge esa realidad sin más, como ese hecho ineluctable. «Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito», nos dice de la muerte del coronel Aureliano, García Márquez, en Cien años de soledad. 

Pero, quizá, como señala el poema de Goytisolo, ese paso más, sí nos deja a los vivos en la soledad: 

«Porque escucho el sonido falso de mi moneda
al chocar contra el mármol
de tu terrible ausencia».

«Escuché sus pasos alejándose por el pasillo», narra Chandler en el adiós definitivo. En la entrada al sueño eterno de Hammet, que nos espera ahí, conforme escuchamos nuestro propio caminar por tantos pasillos por los que no retornaremos.

Entonces, sí, Khayyam: «Alégrate, no tomes la vida muy en serio:
las dudas no alteran el curso del destino»

¿Objetivo?

Ignacio Escañuela Romana

¿Cuál es, finalmente el objetivo? Mi mente filosófica me dice que el universo no sigue motivos humanos y el término finalidad, o la palabra sentido, carecen de significado real. Real es objetivo. Pero yo soy sujeto y estoy inmerso en la consciencia cartesiana: sea sueño o no, existo. En verdad, entonces, el significado es mental, no es ser. Sin embargo, mi mente emocional me presiona para lograr un valor que aplicar a ese universo inerte.

No importa lo que diga cada una de ellas: seguirán hasta el final en un diálogo sordo entre partes inconmensurables.

Amainó

Ignacio Escañuela Romana

La tormenta, amainó. La procela dejó inundaciones y, entonces, hubo que dormir en una coche abierta y goteante. Despertar fue algo imposible de soñar, fue como un derrumbe y, después, nada más.

Así que ahora duermo noches solares desnudas de sentido, con nadie a quien pueda preguntar nada, con una consciencia muerta y desprovista. Frente a frente, pues, de un espejo sin reflejos, como en una onda inacabada e infinita.

¿Saldrá el sol?. No, ni siquiera un sueño de luces lejanas. Queda sólo la oscuridad y la nada ilimitada, oscura, sólida, autoabarcante pero sin límites, donde vagar sin pies ni manos.

Y, por lo tanto, ahora añoro la terrible galerna interior, cuando todo tenía una posición aullante y podía pelear con la realidad. Pero estuve allí y fin, sin espacios, sólo un tiempo para la desesperanza.

Sal

Ignacio Escañuela Romana

Entonces cielos cayentes, galernas enfrascadas, los oídos zumbando, la respiración entrecortada, la sal golpeante, ventarrón aullador. Me creí morir, pero no fue así. Seguí. Soledad acompañadora. Así me encontré y decidí seguir, prevalecer. Algún día saldrá el sol, pero ¿para quién?. Es igual.

Vuelvo, pues, la cara hacia la procela y me siento vivo. Aspiro y expiro, el alma alumbrada. Así pues, retomar, a partir de la nada.

Certezas, rugidos, olas rompientes, significados, ¿sentido?. La realidad.

Saturación.

Ignacio Escañuela Romana

Detestaba las tardes pausadas, en el transcurso hacia la nada emergente, deslizándose, plana. El quizá imprevisto allí, en el inicio de su vida. Mas similar, la experiencia, al tic-tac del reloj de péndulo que marcó los mediodías de su infancia, observando con sentido apasionado, el mecanismo imperturbable.

Podría, pues, trazar el cambio, saborearlo y vivirlo, como especie de cinta plana, tendida como espacio. Una sensación de encuentro en la pérdida, disolución en la solidez del ser.

Sería como comprender un vacío pulsante, yacente como saturación. El final.