Agrija

Ignacio Escañuela Romana

Me dijiste algo así, y esa voz me llegó hasta el centro de mis huesos, resonando, llamando a lo que me quedaba de consciente. Pero, claro, esas fuerzas, todas ellas, morales y amorales, ¿Dónde estaban?. Habría que comenzar, pero como una sombra del pasado de lo que yo habría sido si no… ¿Vuelta? Obvio, me dije. No es bueno, no, me repetiría. Mas, mientras, la agrija surgió y me rompió en dos, lentamente, mientras sentía la ruptura, el dolor, la pérdida en el espacio negro. Oscuridad y nada, todo apareció por la herida fina, incisiva, de mi mente.

Pero escuché, desde lejos y cerca, no es una tragedia. Repetidamente se me impuso la idea. No lo es, no. Ni siquiera me hiere de verás, observé. No es lo que esperaba. Así que eché a andar y esta vez, sí, empecé desde cero. Je ne regrette rien, grité al viento.

Gimlet

Ignacio Escañuela Romana

A veces entro en un bar y espero encontrarme el Gimlet, de Marlowe, esperando aún en la mesa, entre nubes de tabaco, a Lennox. Decoración caoba, asientos, cabina sofás, forrados de cuero, lámparas de techo bajas, de luz ámbar. Al menos, así me lo imagino.

Quizá es el símbolo-imagen de todos los momentos que he ido dejando en mi vida, como les pasa un poco a todas las existencias humanas. Los eternos adioses que se convierten, después, de un modo que no logro comprender, en irrevocables. Bueno, en realidad, todo instante es eso.

Ningún resultado salvo, tal vez, descubrirse un poco a uno mismo, aunque lo que se vea no sea agradable, ni esperable. Dejar el campo de las falsedades para encontrarte y entender quién eres.

Escuché, entonces, los pasos quedos alejarse por el largo pasillo, esperando que volvería. Aunque, sí, yo también había dado el adiós cuando tenía sentido. Ahora sólo era la caricatura y el acto de contrición.

Sueño con vidas redondas y dotadas de sentido, donde cada hecho posea un significado verdadero y final para mí. Pero el espejo me devuelve un puzle de vivencias inconexas y contradictorias, y, francamente, no sé componerlo.

Pero, sí, ese adiós fue como el Gimlet. esperando el momento de una vuelta imposible. Cuando la despedida tuvo valor y, claro, fue morir un poco, tal y como me contó Chandler en sus libros.

Mortal

Ignacio Escañuela Romana

De repente aquel ser comprendió que tanto tiempo no le valía de nada. Absorto, frente a frente, ante la experiencia de aquel mortal, la brutal intensidad de la vivencia, la claridad de los colores, todo aquello que él apenas podía vislumbrar desde el otero de su sustancialidad.

Le observó y pudo leer en su cerebro. Capaz de adivinar la combinación de las sustancias, la brutalidad de las descargas eléctricas, se asombró ante aquellas percepciones y las luces deslumbrantes de aquellas olas tremebundas de sentimientos, que le hacían sacudirse internamente como si estuviese en una mar procelosa, nadando entre el maretazo.

Añoró. pues, quizá, la finitud, sin la que no podía obtener la vida.

Comenzar

Ignacio Escañuela Romana

Día 1, y digo ahora empiezo, vamos allá, esto es ánimo y valor. Me miro al espejo y saco músculo, voy bien. Me acuesto y me despierto entonces en ese día 2. Bueno, me siento paradójico, cómo era eso de ir y planificar, no me pregunto sino con voz queda y ronca mientras intento recordar cómo era el propósito. Bueno tiraré de cafés, a falta de esa fe. Apenas logro animarme por la mañana, que por la tarde busco la toalla que quisiera tirar al ring. Bueno un poco mejor por la noche, no voy, sin embargo, a mirarme los bíceps, dejémoslos. Me acuesto, un poco de música. Vamos allá, me digo, triunfando. Entonces llega el día 3, me levanto arrastrándome y miro con afán insalvable la cafetera. No me entiendo, no, la verdad. Creo que nado en la bruma, no me pregunto, no sé nada. No obstante, sigamos, lucharé hasta el final, me digo, Pero pienso, bueno quedan cuatro más hasta completar la semana. Va a ser que no, reflexiono. Lo siento, encojo mis hombros y, claro, me voy a pasear. La vida es así, me digo. Nadie es perfecto, no. Bueno no es una tragedia griega, es sólo la vida corriente, pienso. Y, entonces, echo a vagar …

Saber

Ignacio Escañuela Romana

Nada más doloroso que saber.

Creo que la primera experiencia que poseemos es la consciencia de la existencia, cuando nos reconocemos en el espejo y, de modo inexplicado, adquirimos ese yo que nos acompañará en toda vivencia.

Tras ella, el conocimiento de que somos diferentes, de que estamos alejados de las cosas. Es lo que muchos filósofos han descrito como una ruptura fundamental, una separación dolorosa. Quisiéramos volver a la unidad previa, integrarnos en la totalidad, pero esto no nos es posible. La consciencia es, entonces, el milagro de una unidad y sus fenómenos, y el dolor de estar apartados y esa soledad.

Reflexiono: la libertad nos es querida, pero también quema.

Y entonces …

Ignacio Escañuela Romana

… queda la tarea siempre inacabada, la victoria elusiva, las horas perdidas sin remedio, el alejamiento de uno mismo, la cerrazón y el pliegue a lo que se espera, limitado por lo que valdría la pena, lo que miras en el cristal, la pérdida a veces irreconocible para uno mismo.

Tratar de equilibrar, intentar medir y balancear, esperar el nuevo momento para no reconocer, soñar para no despertar…

Entonces llega, sí, el instante en que la verdad te alcanza y, ella, ahí, operando, componiendo tu imagen ante ti mismo, como una brisa que arrastra a la memoria para llegar a la playa donde el dolor pulsante te hace mirar a las olas y, decides, das el primer paso. «Nada está perdido si…» (Cortazar): ¡claro!

Sientes la brisa en tu pelo, el rumor de la montaña en los oídos, las larga ondas de agua que van rompiendo. Aspiras, llenas el pecho, de ese aire. El dolor continúa, pero estás vivo.

Viejo mundo

Ignacio Escañuela Romana.

29 de octubre de 2018.

Camarón nos dice en su cante Viejo Mundo: «El mundo, un grano de polvo en el espacio». Claro, las Rubbaiyat y lo efímero del mundo y de la existencia humana. Una poderosa reflexión que nos termina alcanzando: «Cuando muera, ¿no seré como Enkidu? El espanto ha entrado en mi vientre . Temeroso de la muerte , recorro sin tino el llano», dice Gilgamesh en el primer libro registrado, en la epopeya de Gilgamesh.

La literatura nació como una reflexión de la muerte como realidad humana. La filosofía como mirarse es el olvido irremediable, en el hecho de que toda la información generada se perderá en el tiempo.

Frente al temor de la muerte, la filosofía helenística dio algunos consejos, para procurar una vida feliz. «Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada en relación a nosotros. Porque todo bien y todo mal está en la sensación; ahora bien, la muerte es privación de sensación» (Carta a Meneceo). La muerte no produce temor, dice Epicuro, porque cuando llega perdemos toda percepción.

«¿Qué es la muerte? (…) es obra de la naturaleza. Y si alguien teme la acción de la naturaleza, es un chiquillo. Pero no sólo es la muerte acción de la naturaleza, sino también acción útil a la naturaleza», dice Marco Aurelio en sus Meditaciones.

Sin embargo, ceñuda, la muerte, el olvido, el suceder, se nos imponen, más allá de nuestras preparaciones racionales. «Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza», reflexiona Luis Cernuda. En algo que Joseph Conrad describió como la línea de sombra, cuando sabes que no volverás más a hacer esto o aquello, a ser de tal o cual forma.

De la misma forma, la literatura recoge esa realidad sin más, como ese hecho ineluctable. «Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito», nos dice de la muerte del coronel Aureliano, García Márquez, en Cien años de soledad. 

Pero, quizá, como señala el poema de Goytisolo, ese paso más, sí nos deja a los vivos en la soledad: 

«Porque escucho el sonido falso de mi moneda
al chocar contra el mármol
de tu terrible ausencia».

«Escuché sus pasos alejándose por el pasillo», narra Chandler en el adiós definitivo. En la entrada al sueño eterno de Hammet, que nos espera ahí, conforme escuchamos nuestro propio caminar por tantos pasillos por los que no retornaremos.

Entonces, sí, Khayyam: «Alégrate, no tomes la vida muy en serio:
las dudas no alteran el curso del destino»

¿Objetivo?

Ignacio Escañuela Romana

¿Cuál es, finalmente el objetivo? Mi mente filosófica me dice que el universo no sigue motivos humanos y el término finalidad, o la palabra sentido, carecen de significado real. Real es objetivo. Pero yo soy sujeto y estoy inmerso en la consciencia cartesiana: sea sueño o no, existo. En verdad, entonces, el significado es mental, no es ser. Sin embargo, mi mente emocional me presiona para lograr un valor que aplicar a ese universo inerte.

No importa lo que diga cada una de ellas: seguirán hasta el final en un diálogo sordo entre partes inconmensurables.

Saturación.

Ignacio Escañuela Romana

Detestaba las tardes pausadas, en el transcurso hacia la nada emergente, deslizándose, plana. El quizá imprevisto allí, en el inicio de su vida. Mas similar, la experiencia, al tic-tac del reloj de péndulo que marcó los mediodías de su infancia, observando con sentido apasionado, el mecanismo imperturbable.

Podría, pues, trazar el cambio, saborearlo y vivirlo, como especie de cinta plana, tendida como espacio. Una sensación de encuentro en la pérdida, disolución en la solidez del ser.

Sería como comprender un vacío pulsante, yacente como saturación. El final.

Muy pronto

Ignacio Escañuela Romana.


«Muy pronto todos te habrán olvidado», nos dice Marco Aurelio. Le imagino sentado en el campamento del ejército, en una región para él alejada y pérdida, tras una escaramuza o una batalla, mientras oye los gritos de los heridos y los lamentos por los muertos, o las fiestas por estar todavía vivos y la victoria. Ante la enormidad de su responsabilidad colectiva e histórica, se sienta y escribe esto: no importa lo que haga, me desvaneceré en el tiempo y todo recuerdo conmigo.

Dice Arendt, y afirmaba Aristóteles, que un filósofo no debe ser gobernante. Pero este fue nada menos que emperador romano. Y lo fue en plena crisis del imperio. Además, fue efectivo, nos dicen los historiadores. Bueno, no todos ni mucho menos: Fraschetti destaca una política económica muy negativa. También se habla de la persecución de los cristianos.

Como fuere, en el campamento, pensando en la inmensidad del universo y sus leyes inamovibles, escribió en mitad de la batalla de hoy hacia la de mañana: «Una pequeña araña se enorgullece de haber cazado una mosca; otro, un lebrato; otro, una sardina en la red (…) y el otro, Sármatas. ¿No son todos ellos unos bandidos, si examinas atentamente sus principios?». Consciente de las contradicciones de su vida, se pregunta sobre si somos o no ladrones. Claro, me pregunto con él acerca de la corrección de la vida real que llevo.